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18.5.12

Vampiro bajo mínimos

Con Sombras Tenebrosas Tim Burton sigue varado en su cine de siempre, aunque bajo mínimos, sin inspiración. Las intenciones son buenas, su look visual sigue siendo excelente, pero la sustancia que ofrece es de una calidad bajísima. Cuatro gags graciosos y un sinfín de guiños cinéfilos (y musicales) un tanto forzados, es lo poco que nos ofrece esta adaptación cinematográfica de una vieja serie norteamericana de Dan Curtis jamás vista en España.

Johnny Depp (¿quién sino tratándose de una película de Burton?) es Barnabas Collins, un vampiro de lo más gótico que se ha pasado dos siglos durmiendo bajo tierra para despertar en plena década de los 70. Alrededor suyo y de los disfuncionales integrantes de su familia actual, gira una historia construida a base de pequeñas anécdotas y chistecillos. Su base argumental es prácticamente inexistente y su máxima intriga -para mantener atento al espectador- se acoda en el enfrentamiento del protagonista con la pérfida y macizorra bruja que en el pasado le convirtió en chupasangre.

La brillante e inteligente adaptación de Sweeney Todd de Somdheim significó un oasis creativo en medio de infumables planetas de los simios, casas de chocolate irritantes o insufribles Alicias adolescentes. Sin ser tan patética como sus antecedentes más recientes, Sombras Tenebrosas se convierte en la clara y palpable demostración de que Tim Burton ha quedado encallado en su propio cine; una especie de autocaricatura que se alimenta de lo más granado de su filmografía: un mucho de Bitelchus, un poquito de Eduardo Manostijeras, unas gotas a lo Sleepy Hollow y un par de detalles agamberrados al más puro estilo Mars Attacks.

No hay nada nuevo que le otorgue cierta personalidad a este trabajo, ni siquiera a través del rostro de una Michelle Pfeiffer alejada de esa Catwoman sensual del segundo Batman timburtoniano. Más y más de lo de siempre: Johnny Depp repite en su cine por enésima vez, aunque en esta ocasión un tanto achaparrado y cuellicorto; la Bonham Carter (como fiel compañera) tampoco podía faltar y, ocupando el lugar del desaparecido Vincent Price, un Christopher Lee del que todos echan mano en los últimos años cuando se trata de homenajear al género fantástico.

Tras el verano llegará Frankenweenie, la trasposición al largometraje de su fantástico cortometraje animado de 1984. La cosa promete. El problema es que cada día creo menos en Tim Burton. ¿Remontará o se quedará encallado? La solución el próximo octubre.

16.5.12

La decadencia de Peter Pan

Tras Il Divo, el director napolitano Paolo Sorrentino regresa con una nueva película, Un Lugar Donde Quedarse, idéntico titulo en español que el último e interesante film de Sam Mendes estrenado en el 2009. Y, al igual que en el de Mendes, el del realizador italiano también discurre bajo las coordenadas de una road movie.

Un Lugar Donde Quedarse se centra en la figura de Cheyenne, un viejo y decaente rockero ya jubilado que vive anclado en el pasado. Un tipo extraño, toda una rara avis: aún conserva la misma estética gótica ochentera con la que lideraba su banda sobre los escenarios. Su universo actual se limita a su sufrida esposa y a la hermana de un fan suyo que desapareció de la faz de la tierra sin dejar rastro alguno. La muerte de su padre en Nueva York le obligará a iniciar un viaje iniciático que le llevará a reencontrase consigo mismo al tiempo que decide dar caza al nonagenario nazi que torturó a su padre en un campo de concentración.

Sean Penn es Cheyenne; un Penn que, en un principio y debido a la sorpresa inicial que provoca su look, resulta hasta divertido pero que, a medida que avanza la historia, termina por provocar cierto repelús en el espectador. Su personaje es patético y de reacciones lentas, al igual que el pasmoso ritmo narrativo impuesto por Sorrentino; un ritmo que no conduce absolutamente a ningún parte, a pesar de que el amigo Cheyenne, a bordo de una furgoneta, se recorra buena parte de los EE.UU.

Tragicomedia, melodrama, comedia, musical y unas gotitas de thriller de andar por casa. Un poco de todo al servicio (casí único) de un Sean Penn alucinado y peterpanesco que ronda el histrionismo en cada una de sus escenas. No hay más en este ejercicio (pedantillo) sobre busquedas existenciales y melodías a lo Talking Head. De hecho, David Byrne (con cameo incluido) es el compositor de su banda sonora; una música brillante que, junto a la aparición de un Harry Dean Stanton envejecidísimo, se convierte en lo mejor de un film tan innecesario como (a pesar de sus pretensiones) vacío y lleno de simbologías de baratillo (la del cigarrillo final es de juzgado de guardia).

Últimamente el cine gafapastoso me aburre un montón. Será que dejé de medicarme hace tiempo.

11.5.12

Miedo y asco en Puerto Rico

14 años después de la desmesurada Miedo y Asco en Las Vegas de Terry Gilliam, Johnny Depp regresa al universo literario del desaparecido Hunther S. Thompson para dar vida a Paul Kemp, otro reportero gonzo y experto en pillar unas cogorzas de órdago que, en plenos años 60, se lanza a la aventura como periodista en un pequeño diario de Puerto Rico, el The San Juan Star. Los Diarios del Ron es su título. Dirige el cotarro Bruce Robinson, veinte años después de su irregular Jennifer 8.

De hecho, Los Diarios del Ron es una especie de versión light de la película de Gilliam; una variante casi dedicada al público infantil, en la que el alcohol sigue teniendo su presencia (aunque muy minimizada) y en donde las drogas alucinógenas, a excepción de un breve pasaje, han sido casi eliminadas por completo.

Robinson intenta darle cuerpo a la película, dotarla de una historia más o menos lineal y coherente que rompa con la (alocada) dispersión de su referente cinematográfico. Y más o menos logra su objetivo a pesar de que, tras su visionado, quede en el espectador una cierta impresión de vacuidad total, de no ir más allá de una pura anécdota en la que se mezclan un buen número de postalitas puertorriqueñas, una cuantos litros de ron, un toque de corrupción inmobiliaria y un love story en la cuerda floja, así como el retrato de un periodicucho en horas bajas y a punto de la quiebra.

Johnny Depp, que aguanta sin caer en su vertiente más histriónica hasta bien entrado su metraje, se alza como lo más digno de la cinta junto con el alucinado rol de Giovanni Ribisi y la estimulante presencia de Amber Head, la rubita Chenault que a la primera de cambio le roba el corazón al borrachín de Paul Kemp. Añádanles la perfecta ambientación sesentera de Puerto Rico y esa acentuada sensación de incertidumbre –perfectamente insertada en la película- sobre si se trata de un territorio incorporado o no a los Estados Unidos, y obtendrán lo más valioso del superfluo producto de Bruce Robinson.

Un producto que pretende ser políticamente incorrecto pero que nunca termina de mojarse del todo. Sexo (moderadísimo), drogas (muy de pasada) y rock and roll (de forma accidental). Eso sí: alcohol bastante, pero no el suficiente como para llenar la piscina de Hunther S. Thompson. Personalmente, me aburrí sobremanera.

7.5.12

Ocean's Five

The Pelayos es un claro intento de acercase desde España a la fórmula hollywoodiense de tratar cierto tipo de comedias en donde la figura de un casino tiene un relieve especial. Un cine pretendidamente cool, glamouroso y coral en el que cinco individuos se proponen desbancar la banca de varios casino basándose en las imperfecciones de la ruleta.

Basada en hechos verídicos protagonizados por Gonzalo García Pelayo y unos cuantos familiares suyos durante los años 90, la cinta, dirigida por el catalán Eduard Cortés, se acerca a la historia intentando copiar el estilo visual y narrativo de cintas como Ocean’s Eleven, 21: Black Jack y otras similares. La intención es buena. Incluso, por momentos, la cosa tiene su gracia, pero se queda a medio camino en sus intenciones.

A Cortés se le escapa la película de las manos, y ese toque cool que pretende otorgarle se convierte en algo excesivamente cañí. Spain is different. Ni su presupuesto da para mucho (el abuso de planos cortos y cerrados es todo un poema), ni su guión resulta todo lo ágil que sería necesario.

Lo mejor de The Pelayos es la facilidad y rapidez con la que, con cuatro trazos, define a sus protagonistas: unos personajes tópicos pero totalmente funcionales dentro del tipo de producto propuesto. La lástima es la poca entidad que le otorga a su rol un poco expresivo Daniel Brühl, quien queda totalmente apagado por el resto de un casting mucho más a tono con sus respectivos registros y de entre los que destacaría a un sobrio Lluís Homar, a un divertido (aunque de horrible dicción) Miguel Ángel Silvestre o a un irritable Eduard Fernàndez.

Un divertimento fallido, tanto por no alcanzar sus metas como por la pretensión de querer competir con un género y una forma de hacer cine totalmente distinta a la nuestra. Al menos, y eso ya es mucho, aburrir no aburre.

1.5.12

Loca por la secta

Martha Marcy May Marlene llega avalada por el premio al mejor director en el Festival de Sundance; un aval, por cierto, que no es garantía de mucho, más bien de encontrarnos ante un producto gafapastoso y pretencioso. De hecho, la película, dirigida por el debutante Sean Durkin, a pesar de sus buenas intenciones, peca de una vanidad que tumba de espaldas.

Deudora de la ortografía del cine indie de los últimos años, Martha Marcy May Marlene narra, mediante una lentitud exacerbante, el proceso de degradación mental de Martha, una joven que, tras escapar de la secta comunal en la que había caído, busca refugio al lado de su hermana mayor y de su cuñado. Los recuerdos de su negativa experiencia en el seno de la hermandad y el temor a que puedan estar acosándola para recuperarla, emborronarán su relación con sus seres más allegados.

La cinta, exenta de un epílogo mínimamente esclarecedor, se aproxima al personaje de la atormentada Martha, mezclando, en su narrativa, distintos procesos físicos y mentales. Juega con el tiempo actual al lado de sus familiares y un montón de flash-backs referentes a sus vivencias dentro del grupo, así como con la fusión de la realidad y las ensoñaciones turbulentas provocadas por el temor a ser rescatada por la cofradía; un trabajo, éste, muy poco diferenciado en su estilo y que, por su insistencia, acaba resultando ciertamente cansino, tanto por la parsimonia con la que se toma ciertos pasajes como por su falta de originalidad, ya que se trata de un recurso utilizado (de forma mejor y más contundente) en muchos films anteriores a la hora de plasmar la fatídica evolución de una enfermedad mental.

Si algo tiene a destacar Martha Marcy May Marlene es la interpretación de Elizabeth Olsen, su protagonista femenina, la misma que trabajara recientemente en Luces Rojas bajo la batuta de Rodrigo Cortés; una joven actriz que, con su sobriedad, hace totalmente creíble el estado de inestabilidad de una muchacha marcada por sucesos traumáticos.

En el plano actoral no sólo es Elizabeth Olsen la que sobresale, pues también resulta remarcable la inquietante presencia de John Hawkes quien, en el papel del oscuro gurú de la secta, logra incomodar con su pose al espectador. Un actor, por cierto, muy dado a este tipo de caracteres, pues ya en la espléndida Winter’s Bone -por la que fue nominado a mejor secundario- provocaba el mismo efecto de repulsión en la platea.

Personalmente, palié el aburrimiento que emanaba de sus imágenes gracias a un entretenimiento de lo más estúpido: intentar descubrir a quienes me recordaban Elizabeth Olsen y Sarah Paulson, la actriz que da vida a Lucy, la hermana de Martha. De la primera llegué a la conclusión de tratarse de una mezcla entre Ornella Mutti, Kathleen Turner en sus años mozos y Maggie Gyllenhaal, mientras que la segunda nace de la suma entre Kim Basinger y Nicole Kidman.

28.4.12

Imprescindibles: EL EMPERADOR DEL NORTE

En 1973, entre La Venganza de Ulzana y Rompehuesos, Robert Aldrich firmó su última gran película, El Emperador del Norte, uno de tantos puntos culminantes de una carrera plagada de títulos corrosivos marcados por la violencia física y psíquica, así como por una ácida visión de la sociedad. Sir ir más lejos, en el que ahora nos ocupa, se embarcó en el retrato de la miseria generada en los EE.UU. por la llamada Gran Depresión, una crisis económica a nivel mundial que se inició en 1929 y se extendió hasta finales de los años 30.

Corría el año 1933. Miles de vagabundos subsistían agrupados en pequeñas comunidades. Otros, los más inquietos, viajaban a lo largo del país, colándose en los ferrocarriles, en busca de oportunidades. Éste es el caso del “Número 1”, un sin techo, de espíritu aventurero, cuya afronta con los trenes terminó convirtiéndose en su lucha personal contra un sistema que le ha dejado sin blanca. Su dignidad le obliga a dejar a un lado el humillante acto de la mendicidad para dedicarse a cometer pequeños hurtos y actos de insumisión con los que protegerse de un mundo hostil. “El gobernador puede robar, pero un hombre honrado, no”, asegura ante un nutrido grupo de indigentes al haberse librado de ser detenido tras mangar una gallina.

La otra cara de la moneda es Shack, el sádico y visceral jefe de un viejo y destartalado tren de mercancías, el número 19, un tipo capaz de vanagloriarse de no haber dejado con vida a ninguno de los vagabundos infiltrados en su convoy. Armado de un martillo y de un sinfín de herramientas letales, se pasea a lo largo de su tren en busca de intrépidos errantes a los que partirles la cabeza en dos. Los railes del recorrido del 19 están sembrados de los cuerpos de cuantos han osado montarse de forma ilegal en la que cree ser su “propiedad privada”. El temido e irascible Shack es la viva representación del absolutismo de la época: un tipo intolerante, racista y sin compasión cuya máxima, en tiempo de crisis, es imponer su autoridad mediante el abuso de poder... aunque para ello tenga que llegar hasta el asesinato. Un brutote de armas tomar, vaya.

El “Número 1” es Lee Marvin, mientras que Ernest Borgnine encarna a Shack; dos actores muy del gusto de ese cine de tintes “hombrunos” que tanto gustaba al director y en donde, reafirmándose en ese aspecto, tan sólo salía una mujer, en un único y fugaz plano, depilándose las axilas. Cosas de Aldrich, el padre de criaturas como Doce del Patíbulo y al mismo tiempo de la magistral ¿Qué Fue de Baby Jane?, una cinta protagonizada (casi íntegramente) por dos mujeres al límite. Viva la ambivalencia.

El Emperador del Norte supone un cara a cara entre machotes, sin lugar para el universo femenino, que alcanzará su máximo punto de esplendor (y tensión) cuando el primero afronte el reto de viajar a escondidas, desde Oregón a Portland, a bordo del 19. Un desafío vibrante y desaforado a través del cual el cineasta dio vía libre a esa violencia iracunda que reinó en la mayoría de sus películas.

Entre el odio que emana Shack y la chulesca valentía de “Número 1” se encuentra un tercer personaje en discordia, Cigaret, un joven vagabundo, engreído, mentiroso y cobarde, que, con sus falsas artimañas y doble juego, intentará desbancar a su compañero del merecido trono de Rey de los Pordioseros; un fantástico Keith Carradine, casi salido del cascarón, totalmente capaz de sacar adelante con firmeza un rol tanto o más mezquino que el de Borgnine. Y es que al menos, el de Shack, ese colérico empleado del ferrocarril, a pesar de la brutalidad que ejerce, se muestra totalmente fiel a sus (erróneas) convicciones.

El antihéroe habitual del mundo de Aldrich volvió a estar presente en una película que, vista hoy en día, sigue helando la sangre al espectador. Los numerosos paralelismos existentes entre aquellos años y la crisis actual, hacen temer que aún todo pueda ir peor. Necesitaremos muchos “Número 1” para plantarle cara a la que se nos avecina.

25.4.12

Imprescindibles: FALSO CULPABLE

A partir de hoy y bajo el epígrafe genérico de “Imprescindibles”, nace una nueva sección en la página; una sección que, alternándose con los estrenos más recientes, pretende dar un repaso a aquellos títulos (clásicos y no tan clásicos) por los que siempre he sentido un apego muy especial, como es el caso de Falso Culpable, el título que abre el bloque recién nacido.

Falso Culpable, aún y manteniendo sus constantes habituales, es una rareza dentro de la filmografía de Alfred Hitchcock ya que, entre otras cosas, se basa por primera vez en su carrera en una historia real. Realizada en 1956 entre dos joyas indiscutibles, el remake norteamericano de El Hombre Que Sabía Demasiado y Vértigo, el director británico decidió aparcar sus usuales adaptaciones de novelas para entrar a saco en la vida de un hombre desafortunado, Manny Balestrero, un músico de jazz, casado y con dos hijos que, empleado como contrabajista en un cabaret nocturno, verá cambiar su existencia cuando, de la noche a la mañana, es acusado falsamente de varios atracos a mano armada tras ser confundido con otro individuo.

La cinta transcurre en la ciudad de Nueva York, una Nueva York grisácea y de tonos sombríos que fue captada a la perfección por la cámara del gran Robert Burks, su director de fotografía. Después de cinco títulos en color, Hitchcock regresa al blanco y negro para potenciar al máximo su acercamiento al cine negro, dándole un protagonismo muy especial a los constantes juegos de sombras que enmarcan la absurdidad en que se han convertido las vidas de Manny Balestrero y su esposa, Rose, una mujer que empezará a mostrar síntomas de debilidad psíquica cuando, tras una larga lucha con la justicia, comience a sospechar la imposibilidad de salvar a su marido de una extensa condena.

Uno de los aspectos que más puntualiza Hitchcock es la del temor a ser metido entre rejas, ese miedo a lo desconocido que queda perfectamente plasmado en la primera noche que ha de pasar Balestrero en la cárcel y que, en el fondo, no es más que la traslación a la pantalla de una de las turbaciones confesas de un episodio que sufrió en su infancia el propio realizador, justo cuando su padre, para imponerle un castigo, le obligó a dormir una noche en un calabozo de una comisaría londinense.

En Falso Culpable no sólo rompe con su tónica de adaptar novelas no muy conocidas por el gran público, sino que se atreve a contar, por primera y única vez, con un actor como Henry Fonda para dar vida a su temeroso protagonista; una interpretación magnífica que transmite al espectador la impotencia que siente su personaje ante la indefensión de los delitos que se le imputan. Un Fonda soberbio perfectamente secundado por Vera Miles, la que cuatro años más tarde sería la heroína de la inimitable Psicosis y que, para la ocasión, se metía en la piel de la sufrida Rose Balestrero, una esposa desesperada ante la posibilidad de ver a su marido encerrado, con nulas posibilidades económicas para sacar adelante a sus dos hijos y subsistir en medio de una ciudad que para ella se ha vuelto totalmente hostil.

Un Hitchcock atípico, en el que incluso el realizador cambia su cameo tradicional por una explícita introducción en la que alerta al espectador de estar a punto de enfrentarse a una historia real. Cine en mayúsculas, en donde el suspense habitual de sus películas se transforma en angustias tan tangibles y reconocibles como las provocadas por la injusticia y la indefensión. Un film que, visto hoy en día, sigue resultando igual de fresco que en su estreno. Y es que, en ciertas cuestiones, sobre todo sociales y políticas, hemos variado muy poco… más bien incluso hemos retrocedido un mucho. Descubran lo que les cuesta a la familia Balestrero llegar a fin de mes o pagar la factura de un dentista y encontrarán un sinfín de paralelismos con el mundo actual. ¡Qué grande era don Alfredo!

20.4.12

Sevilla Connection

Sevilla, finales de los años 80. La ciudad andaluza se prepara para vender su mejor imagen al resto del mundo. La maquinaria para poner a punto la Expo del 92 empezaba a ponerse en marcha al tiempo de uno de sus engranajes, el policial, iniciaba una limpieza de individuos “indeseables” de las calles sevillanas. Camellos, prostitutas y drogadictos debían ser alejados del centro turístico. Una de las brigadas destinada a tal saneamiento fue el denominado Grupo 7, una cuadrilla formada por cuatro inspectores de la Policía Nacional dispuestos si era necesario a saltarse la ley para cumplir sus ordenes.

Este es, en breves palabras, el punto de partida de Grupo 7, un prometedor planteamiento al servicio de una película que, pese a sus buenas intenciones, se le escapa de las manos a su director, Alberto Rodríguez, el mismo que debutara en el 2005 con 7 Vírgenes, un título con el que mantiene ciertos paralelismos, tanto en lo que se refiere a su aspecto pretendidamente realista como en la descripción de ambientes suburbiales en donde la miseria campa a su aire.

Es innegable que la fuerza de las imágenes es lo mejor del trabajo de Rodríguez; una fuerza que nace de su cuidada fotografía y de ese buscado verismo a través de la filmación cámara en mano, como si de un docudrama se tratara, tanto en sus escenas más intimistas como en las bien resueltas escenas de acción, de entre las que sería necesario destacar la persecución inicial sobre los tejados de una barriada sevillana.

Hasta aquí todo bien. Incluso sus actores están perfectos en sus distintos roles, siempre y cuando se tenga en cuenta lo justito que llega en general a sus papeles el sobrevalorado Mario Casas. En este aspecto, sólo por ver la contención de la que hace gala Antonio de la Torre en la piel de un poli al límite del desbordamiento, ya vale la pena acercarse a este Grupo 7. El gran problema de la cinta estriba en la falta de una historia mínimamente lineal, pues todo su intríngulis argumental se basa en exponer una serie de episodios anecdóticos sobre los trapicheos y acciones de la brigada ensartados a través de unos cuantos detalles sobre la vida personal de sus protagonistas. No hay más. El resto ya nos lo conocemos de muchos otros títulos que versan sobre maderos pasados de rosca, empezando por esa fragilidad que demuestra el ser humano frente a situaciones en las que resulta muy fácil saltarse las normas a la torera.

Y lo peor de todo es que, cuando uno ya está cansado de chascarrillos y trances de extrema violencia (física y psíquica, todo hay que decirlo), a su director se le va la bola y olvida que pretendía vendernos una película de tintes realistas, endilgándonos un final de lo más ridículo y risible (y no precisamente muy creíble), en donde adquieren un protagonismo especial los vecinos del barrio más castigado por los integrantes del Grupo 7.

Un film fallido, aunque con aciertos interesantes, como ese desparpajo que demuestra a la hora de afrontar un thriller con personalidad propia, muy hispánica, sin tener que recurrir a tics y modos del cine norteamericano.

18.4.12

Nueva Orleans - Panamá

En el año 2008, el islandés Óskar Jónasson estrenó Reykjavik-Rotterdam, un film producido e interpretado por su compatriota Baltasar Kormákur que llegó a nuestras pantallas aprovechando el tirón comercial de la trilogía nórdica Millennium. El trabajo de Jónasson era un interesante thriller que, narrado a través de un prisma cercano al de la tragedia, contaba las aventuras de un contrabandista retirado que volvía a las andadas para salvar la deuda de su cuñado con un traficante de dogas.

Tentado por el cine norteamericano, Baltasar Kormákur ha decidido usurpar el lugar de su colega y, colocándose tras la cámara, ha puesto en marcha la maquinaria necesaria para pulir (o, mejor dicho, eliminar) los toques trágicos del film que protagonizara y enmascararlo lo suficiente para contentar a un público más dado a consumir palomitas que a descubrir las sutilezas siniestras y humanas que contenían su guión original.

A pesar de su maquillaje, no se trata de una mala película. Es, simple y llanamente, un film de acción al uso, entretenido y con un sinfín de giros en su haber. Puro mainstream, bien acabado y perfectamente planificado. Una especie de Missión Impossible, más terrenal aunque menos sofisticada, en donde su protagonista, un Mark Wahlberg repitiendo por enésima vez su rol habitual, se convierte en un héroe de acción, un tanto a desgana, al volver a trapichear desde el lado opuesto a la ley para echarle un capote al hermano de su esposa, un joven que se ve acosado por un narcotraficante tras perderle un importante cargamento de cocaína.

Las calles de Nueva Orleans, un viaje en barco, oscuros tejemanejes en el Canal de Panamá y una ingente cantidad de dólares falsificados, son algunos de los ingredientes de un cocktail explosivo que, a pesar de su vacuidad, no da tregua al espectador. Añádanle una mujer en peligro, contratiempos varios y un gran número de lances a superar, siempre a contrarreloj. No deja espacio para el aburrimiento, aunque sí, a posteriori, para intentar ligar cabos sueltos y la poca credibilidad de ciertos sucesos.

A parte de la dualidad moral que exhiben sus personajes principales, vale la pena destacar la tentadora belleza de la siempre interesante Kate Beckinsale (a quien le toca cargar con el episodio más truculento del film) y el cachondeo con el que Giovanni Ribisi crea a su malvado de turno, un villano de opereta empecinado en amargar la vida de Wahlberg y de sus familiares más allegados.

Un divertimento, sin pretensiones, al que no hay que buscarle demasiados peros.

12.4.12

Sexoadicto

La pasada semana, decidido a hacer penitencia, encaminé mis pasos hacia una sala en la que se proyectaba Shame. A pesar de su aspecto a priori gafapastoso y de mis serias (aunque erróneas) dudas sobre la cinta, he de confesarles que me sorprendió gratamente. Quizá el adverbio “gratamente” no sea el más adecuado en este caso, pues lo que se dice “grata” no lo es en absoluto, pues se trata de una película enfermiza, dura y no precisamente alegre. De hecho, Shame es igual de desoladora que la melancólica versión que de New York, New York interpreta una espléndida Carey Mulligan en una de sus escenas.

El film significa el segundo trabajo como director de Steve McQueen -un londinense de color que se llama igual que el recordado protagonista de La Gran Evasión-, tras su presentación en sociedad con Hunger, título no estrenado en España. En esta ocasión, se centra en el personaje de Brandon, un neoyorquino solitario y atrapado por el sexo. Para él las mujeres son simples utensilios de placer, un objeto de usar y tirar. De hecho, en sus numerosas relaciones, nunca va más allá con ellas de lo que hace en sus constantes evasiones masturbatorias, ya sea en su casa o en los aseos de la oficina en la que trabaja. Un hombre consciente de su desorden y que, en su perturbación, intentará poner fin a sus desmanes limpiando su apartamento de cualquier tentación posible.

La historia de un tipo enfermo y autodestructivo y sobre la cual, McQueen, jamás entra en detalles específicos sobre su conducta o su pasado; un pasado que se presume oscuro y con trauma consanguíneo incluido. Parca en palabras, nunca enseña sus cartas al completo. Su guión es sibilino. Muestro lo mínimo y deja que el espectador recurra a su intuición. Y, para ello, apela a largas escenas sin apenas montaje, como las caminatas urbanas de Brandon o el encuentro en la habitación de un hotel con una compañera de trabajo.

A pesar de estar filmada íntegramente en la ciudad de Nueva York, se trata de una producción británica. Con la mojigatería que destilan el grueso de producciones norteamericanas actuales, difícilmente desde ese país hubiera nacido un trabajo de estas características, en donde, precisamente, las escenas de sexo, al contrario que su narrativa, son lo de lo más explícito.

Atención a las excelentes interpretaciones de un Michael Fassbender claramente en alza (tranca incluida) y de una Carey Mulligan sombría, atormentada y anémica de cariño. Él es Brandon, ese adicto al sexo que persigue a las mujeres como si se tratara de un león en busca de su presa (magnífica la reveladora escena del metro tras ser tentado por una atractiva rubia); ella es Sissy, su hermana, una chica rebelde que, con su aparición, invadirá la díscola intimidad del apartamento de Brandon. Dos brillantes actores entre los que se crea una química indescriptible y al mismo tiempo malsana.

Debido a su desgarradora visión del tema, puede resultar un film molesto e incómodo para cierto sector del público, aunque totalmente necesario. Seguro que Michael Douglas, con su visionado, ha recordado sus viejos tiempos de adicción antes de ser domesticado definitivamente por Catherine Zeta-Jones.

10.4.12

Camino a la locura

Jeff Nichols, con Take Shelter, propone una extraña historia, de corte independiente, con la posibilidad de una doble lectura en su argumento. Por una parte, un acercamiento psicológico al cine apocalíptico y, por otra, el retrato del proceso de una degradación psíquica. Y, todo ello, centrado en el personaje de un obrero, casado y con una hija sordomuda pendiente de una operación.

Lo mejor del chocante producto de Nichols se encuentra en las angustiosas pesadillas y alucinaciones de su protagonista, un Michael Shannon excelente quien, con su modélica interpretación y gracias a su peculiar rostro (tan aterrador como enfermizo), moldea a la perfección a su cabizbajo personaje, Curtis, un obrero especializado en perforación de terrenos que, tras empezar a sufrir ciertos cambios en su personalidad, temerá encontrarse en los inicios de una enfermedad mental similar a la que afectó a su propia madre.

Tampoco hay que olvidar la brillantez y serenidad con la que Jessica Chastain desarrolla el rol de Samantha, la esposa de Curtis; una mujer preocupada ante la imposibilidad de comprender los problemas que están cambiando profundamente el carácter de su marido.

El problema de Take Shelter estriba en su lento y cansino ritmo narativo, así como en lo reiterativo que llega a resultar su desarrollo. De hecho, avanza poco a poco, sin ofrecer muchos datos nuevos a los que ya se conocen desde su inicio. Es más, en ciertos aspectos, como en el del empecinamiento de Curtis por reformar su sótano para estar a salvo de huracanes y tormentas, además de repetitivo, resulta incluso totalmente previsible en cuanto a su resolución se refiere. Suerte que, para paliar estas irregularidades, el tal Jeff Nichols se saca de la manga magistrales escenas, casi antológicas, como las de su escalofriante final, escritas con una caligrafía exquisita.

Una cinta claramente deudora de los tiempos que estamos viviendo, de unos tiempos marcados por la inseguridad, la rabia y la impotencia. Francamente desazonadora.