21.11.14

Se acabó el pastel

Plasmó en pantalla las discusiones del convulso
matrimonio formado por Elizabeth Taylor y Richard Burton
(¿Quién Teme a Virginia Woolf?)

 Nos descubrió las largas y espléndidas
piernas de una madura Anne Bancroft
(El Graduado)

 
Con mucho humor negro, orquestó
una irregular sátira antimilitarista
(Trampa 22)

 Deleitó a las plateas de todo el mundo con los tentadores
escotes de una Ann.-Margret en todo su esplendor
(Conocimiento Carnal)

 
 Realizó un estrambótico homenaje a Stan Laurel
y Oliver Hardy a través de una decepcionante historia triangular
(Dos Pillos y Una Herencia)

Intentó adiestrar a unos delfines para
convertirlos en asesinos en potencia
(El Día del Delfín)

Con Meryl Streeo de sindicalista, urdió una
amarga crítica en contra de las centrales nucleares
(Silkwood)

 Desveló los secretos más íntimos del turbio
matrimonio formado por la escritora Nora Ephron y
Carl Bernstein, uno de los dos periodistas del Washington Post
que desveló el affair del Watergate
(Se Acabó el Pastel)

 Adaptó a Neil Simon para narrarnos las experiencias
de un joven cadete durante su instrucción militar
antes de partir hacia el frente
(Desventuras de un Recluta Inocente)

 Metió a Harrison Ford en un brete al situarle
entre dos mujeres de armas tomar
(Armas de Mujer)

 Analizó el mundo de Hollywood a través de la
novela autobiográfica de Carrie Fisher
(Postales Desde el Filo)

 Le metió a Harrison Ford un balazo
en plena cocorota
(A Propósito de Henry)

 Convirtió a Jack Nicholson (su actor fetiche) en todo un
hombre lobo que poco tenía que envidiar de Paul Naschy
(Lobo)

Tuvo la osadía de travestir
al mismísimo Gene Hackman
(Una Jaula de Grillos)

 Aleccionó a John Travolta para que se transmutara
en un émulo de las proezas adúlteras de Bill Clinton
(Primary Colors)

 Al igual que en su primeriza Virginia Woolf, volvió
a analizar las relaciones de pareja de forma un tanto vitriólica
(Closer)

 Y cerró su carrera cinematográfica
con una satírica fábula política protagonizada
por un congresista tejano aficionado al whisky
(La Guerra de Charlie Wilson)

 Su nombre era Mike Nichols.
Anteayer, a los 83 años de edad, se despidió de nosotros.
Descanse en paz.

20.11.14

Cualquier tiempo pasado fue mejor


Es una pena ver como un cineasta de la talla de Rob Reiner, capaz de haber filmado títulos de cierta envergadura como La Princesa Prometida, Cuando Harry Encontró a Sally, Cuenta Conmigo, Algunos Hombres Buenos o Misery, entre otros, entra en plena decadencia dedicándose a dirigir medianías insoportables como la recién estrenada Así Nos Va, una cinta para el lucimiento absoluto de dos estrellas igualmente en decadencia: Michael Douglas (qué lejos le quedan los tiempos de El Síndrome de China o Instinto Básico) o Diane Keaton (otrora musa de Woody Allen y con productos tan interesantes en su haber como los de la trilogía de El Padrino).

Así Nos Va (que mejor sería haberla titulado Así Les Va), plantea un tema tan manido como el de los romances otoñales protagonizados por un par de viudos. Por un lado, Oren Little, un agente inmobiliario amargado y prepotente que no ha sabido superar la muerte de su esposa y, por el otro, Leah, una mujer bondadosa que, aparte de llorar día y noche a su difunto marido, se gana la vida como cantante nocturna en un café restaurante. Vecinos ambos en un pequeño complejo de apartamentos, convergerán emocionalmente cuando el primero tenga que hacerse cargo de su nieta de 10 años, durante 9 meses, al ingresar en prisión su único hijo.


Mientras Diane Keaton sigue aferrada a su (ya eterno y cansino) papel de payasa, Michael Douglas, a pesar de haber flirteado últimamente demasiadas veces con la comedia (y siempre con nefastos resultados), hace lo que puede (más bien poco) para llevar a buen término (lo de “buen término” es un decir) el tipiquísimo personaje de un tipo gruñón y estúpido tras el que se esconde una fuerte carga de humanidad. Y, de propina, para acabar de crispar a las plateas, la insufrible sosería de la pequeña Sterling Jerins, la niña que interpreta a la nieta del abuelito Douglas.


Predecible y dirigida sin ningún tipo de profesionalidad por un Reiner en baja forma -que incluso se ha reservado un mínimo papel en la película (un bonachón pianista con bisoñé encasquetado en la cocorota)-, la cosa no hay por donde pillarla. No sorprende en absoluto (la historia está cantada desde el primer minuto de proyección), sus escenas teóricamente cómicas no lograr ni esbozar una mínima sonrisa en el espectador y, lo que es peor, cuando pretende emocionar, ni emociona. La propuesta, en general, es tan ñoña que tumba de espaldas al más pintado.


Qué triste es descubrir lo patética que resulta la decadencia intelectual, física e interpretativa en gente que, en el pasado, se labró una carrera de lo más prestigioso. Es mejor retirarse a tiempo, como hizo en su época el genial Cary Grant para evitar caer en productos tan vergonzosos como éste. Así les va.

19.11.14

Detective sin licencia


Desde que protagonizara la entretenida Venganza, Liam Neeson parece haberse especializado en un tipo de personaje muy concreto: el del vengador urbano al estilo de los que inmortalizara Charles Bronson en la década de los 70, aunque hurgando más en la parte humana que en la animal. Ahora, metido en la piel de Matt Scuder, un detective creado por el escritor Lawrence Block y que ya tuvo su aproximación cinematográfica en 8 Millones de Maneras de Morir bajo el rostro de Jeff Bridges, vuelve a la gran pantalla para investigar una serie de secuestros y posteriores asesinatos en los que se mezclan un par de ex agentes de la DEA y varios narcotraficantes. Su director es Scott Frank y el título Caminando Entre las Tumbas.


Lo mejor de la propuesta se encuentra en la caústica descripción del personaje de Matt Scuder y, ante todo, en el consistente trabajo interpretativo de Liam Neeson; un Neeson que se mueve como pez en el agua dando vida a un ex policía que, en fase de recuperación alcohólica, se mete a detective sin licencia para resolver casos menores de antiguos conocidos y que, sin comerlo ni beberlo, vivirá su propio descenso a los infiernos al tropezar con una macabra y peligrosa historia que hará renacer en él algunas dudas y remordimientos del pasado.

Un arranque contundente y prometedor por las calles de Nueva York, muy a lo Harry Callahan pero con altas dosis de alcohol incluidas, dan paso a un film irregular que tiene momentos de gran cine de acción alternados con otros sencillamente decepcionantes, como todo aquello que tiene relación con la aparición del personaje de un niño negro y huérfano que acaba convirtiéndose en el asistente personal del detective encarnado por Neeson.


Guiños bienintencionados al cine negro de toda la vida (entre los que no podían faltar alguna que otra referencia a nombres tan míticos como los de Sam Spade o Philip Marlowe) y un vitriólico desenlace que se inicia en un cementerio a la luz de la luna para terminar en el interior de una vivienda, compensan muy mucho algunos errores y lagunas en su guión y, sobre todo, lo poco creíble (y cargante) que resulta la inclusión en la trama del pequeño antes citado.


Cosas peores he visto. Al menos, no me aburrió.

17.11.14

Cena de amigos


Presentada en la penúltima edición del Festival de Cinema Fantàstic de Sitges y precedida de la buena acogida del público y la crítica, llega a nuestras pantallas, con un largo año de retraso, Coherence, el debut como director en el mundo de los largometrajes de James Ward Byrkit, el que fuera uno de los guionistas de Rango, ese divertido homenaje al western en clave de cinta de animación.

Considerada un tanto prematuramente por muchos como una película de culto, Coherence se adentra en el género fantástico, a través de la ciencia ficción, de forma grátamente intimista, ya que su acción transcurre prácticamente entre las cuatro paredes de la casa de una joven que, junto con su marido (un actor en paro pillado por el alcohol), ha invitado a seis de sus mejores amigos para celebrar una cena la misma noche en la que un cometa (el llamado cometa Miller) ha de pasar a pocos quilómetros de la Tierra.


La llegada del cometa es inminente. Los móviles de los comensales se quedan sin cobertura. Apagones de luz. Golpes y ruidos misteriosos en el exterior de la casa. El buen rollo que teóricamente existía entre los amigos, deriva hacia un enfermizo juego de tensiones internas y recelos escondidos del pasado. Algo se masca en el ambiente y unas gotitas de ketamina ayudan a potenciar aún más la paranoia colectiva; una paranoia que cada uno de ellos expresará a su manera.

Inquietante y, por momentos, desconcertante y original. Nada es lo que parece y todo es lo que parece. Un mecanismo plagado de misterios que desemboca en puro terror y que contiene pasajes e imágenes ingeniosamente turbadoras  que no pienso desvelar para no chafarles el intríngulis de esta maliciosa fábula.


Hora y media de lo más controlado, con sus subidas y bajadas de tensión pertinentes. Ocho únicos, magníficos y no muy conocidos actores conduciendo a la perfección sus respectivos personajes, a cual mejor descrito gracias a un sabio guión (debido al propio director) que atrapa al espectador en su alucinada y paranoica trama, casi un viaje al centro de la locura. Y lo más curioso del caso es que, tratándose de un producto en la que la acción brilla por su ausencia para cederle el paso a un sinfín de diálogos a cual más suculento, la cosa no aburre en absoluto. Al contrario, engancha y entretiene.

13.11.14

Salvar París


Diplomacia, el último film de Volker Schlöndorff, llega mañana a las pantallas españolas, precedido de una fenomenal acogida tanto en el Festival de Cine de Berlín como en la Seminci vallisoletana. En ella, el cineasta alemán urde un emocionante homenaje a la ciudad de París al tiempo que plantea un ingenioso toma y daca entre dos actorazos como la copa de un pino: André Dussollier y Niels Arestrup.

Basada en la obra teatral de Cyril Gely y, al igual que ésta, ambientada en la sofocante noche del 25 de agosto de 1944, a muy pocas horas de que los aliados entrasen en la capital francesa para liberarla, la cinta de Schlöndorff se centra, casi única y exclusivamente, en la forzada negociación que llevaron a cabo el gobernador militar alemán, Dietrich von Choltitz (un contundente Arestrup), y el cónsul general sueco de París, Raoul Nordling (inefable Dussollier), para evitar que la ciudad fuera dinamitada en toda su extensión.


Teniendo como marco principal la habitación del lujoso hotel parisino que von Choltitz utilizaba como despacho personal, Diplomacia se alza como una inteligente ficción sobre lo que pudo suceder en ese aposento durante tan larga y tensa noche; una invención que bien podría no estar muy lejos de la realidad.

Dotada de un ritmo ágil y de diálogos trepidantes y mordaces, la película debe buena parte de su fuerza a las excelentes interpretaciones de sus dos principales actores quienes, con anterioridad, ya habían representado los mismos papeles sobre los escenarios teatrales. De entrada, logran que el espectador empatice rápidamente con el personaje de Nordling, el cónsul sueco, tanto por su desparpajo verbal como por la humanidad que rezuma, al tiempo que, poco a poco, va dulcificando el despótico carácter del general nazi para ayudar a entender las claves por las cuales, un hombre afín a Hitler y al Tercer Reich, acabase desacatando las órdenes directas del propio Führer.


84 minutos sin desperdicio alguno. Dos actores en estado de gracia, un mínimo toque de comedia (que siempre es de agradecer), unos cuantos personajes episódicos más y unas cuantas vistas delicadamente escogidas de un París dorado por el sol, arropan uno de los más sentidos tributos a la llamada Ciudad de la Luz.

12.11.14

El émulo de Leonard Cohen


De Dinamarca y dirigida por una mujer, Pernille Fischer Christensen, nos llega Alguien a Quien Amar, un bienintencionado melodrama familiar, en el que se mezclan las relaciones emotivas con las drogas y el alcohol, cuyo principal protagonismo recae en Thomas Jacob, un cantautor de fama internacional que, afincado en Los Ángeles desde hace siete años, regresa a su país natal para grabar un nuevo álbum y reencontrase con su hija y el hijo de ésta.


Los problemas de adicción a las drogas de la hija y el acercamiento forzoso del arisco abuelo (ex alcohólico y drogadicto) hacia su nieto, formarán parte de un guión sin muchas sorpresas en su haber que, pese a su cuidada puesta en escena y al meritorio trabajo de sus actores, hacen de este un correcto film que, sin embargo, deja en el espectador la amarga sensación de haber visto la misma historia en cantidad de títulos anteriores.

Lenta y previsible, sólo le faltaba la monotonía pasmosa y tediosa de los temas que interpreta a lo largo de su metraje el cantante protagonista (un considerable Mikael Persbrandt), una especie de Leonard Cohen reciclado en danés y aún más broncas que el original.


Una peliculita más, del montón (aunque con pretensiones), para ver y olvidar tan rápido como canta un gallo. Suerte que, por lo menos, no busca la lagrima fácil, cosa que siempre es de agradecer.

11.11.14

De quincorro a estrella del rock


A sus 84 años (¡qué no es moco de pavo!), Clint Eastwood vuelve a ponerse tras la cámara para afrontar un film ligero y agradable que, en parte, rompe con el ritmo y la línea habitual de sus mejores trabajos. Jersey Boys es su título y, en él, se narra la historia de The Four Seasons, un cuarteto músico vocal  de rock que causó furor en la década de los 60 en los EE.UU. y que acabó deshaciéndose debido a las deudas de uno de sus miembros con Hacienda y la mismísima mafia.


Basada asimismo en una obra musical de Broadway, la mirada de Eastwood se centra, ante todo, en el personaje de Frankie Valli, el solista del grupo, haciendo especial hincapié en los inicios de éste y sus compañeros en el mundo del espectáculo; unos inicios que, a pesar de estar apadrinados por Gyp DeCarlo (genial Christopher Walken), uno de los capos mafiosos del barrio, le ayudaron a dejar atrás sus correrías delictivas por las calles de Newark, en su Nueva Jersey natal.


Influenciado, en su divertido prólogo, por el Scorsese de Uno de los Nuestros, la cinta da después un vuelco hacia derroteros más estandarizados pero, no por ello, menos interesantes. Salva con frescura y desparpajo los números musicales (o sea, la teatralización de los espectáculos en directo de The Four Seasons y sus peculiares coreografías) y perfila a la perfección el seguimiento y ascensión de Frankie Valli, así como las relaciones de éste con sus compañeros (en especial con Bob Gaudio y Tommy DeVito) y sus problemas familiares, aunque  por el camino se olvida de profundizar en ciertos temas (como el alcoholismo de la esposa de Valli) pareciendo rehuir, en parte, los aspectos más melodramáticos de la historia por los que pasa casi de puntillas.


Con la excepción del citado Christopher Walken, se ha rodeado de un grupo de actores no muy conocidos, de los que saca un provecho excelente y a los que, en la recta final, para demostrar el paso del tiempo, maquilla de forma patética (al igual que hiciera con Leonardo DiCaprio en J.Edgar), convirtiéndoles en una especie de muñecotes al más puro estilo del Spitting Image. Entre ese horrible maquillaje y el toque lacrimógenamente sensiblero de su recta final, la película trastabilla un poco, pero Eastwood es gato viejo y sabe enderezar la situación con número musical coral, todo un broche de oro al más puro estilo hollywoodiense, en el que todos los personajes que han intervenido en la misma, cantan y danzan a placer.

Un título menor dentro de la filmografía de su autor que, pese a contener ciertos altibajos narrativos y del aspecto de telefilme que amagan algunos de sus pasajes (y que intenta disimular con una brillante escenografía), se puede ver con total tranquilidad, al tiempo que se disfruta de la música de The Four Seasons. Nadie es perfecto, ni siquiera un clásico como Clint Eastwood quien, en un momento determinado de la cinta, aprovecha para hacer un auto homenaje (vía pantalla televisiva) de sus años mozos.


7.11.14

Venganza gafapastosa


Blue Ruin llega a nuestras pantallas precedida de una crítica espléndida. En ella se nos habla de una venganza, un tema recurrente en el cine negro y en los westerns, géneros a los que emula constantemente. Dirigida, escrita y fotografiada por Jeremy Saulnier, trata la cuestión de la vendetta desde una óptica distinta, casi minimalista, y en su desarrollo se mezclan momentos de gran cine con otros de cargante tedio y cercanos al surrealismo más puro.

La película se inicia con la presentación de Dwight, su protagonista principal, un homeless desaliñado que vive desde hace 10 años en la puta calle, duerme en un destartalado Pontiac y se asea en domicilios particulares aprovechando la ausencia temporal de sus propietarios. Todo cambia para él cuando la policía le comunica que Will Cleland, el hombre que asesinó a sus padres, está a punto de salir de la cárcel. Por fín, con esa noticia, se le presenta la ocasión de oro para cumplir su esperada venganza.


Blue Ruin es parca en palabras, sobre todo en lo que respecta al personaje de Dwight, y apuesta por un tiempo narrativo en exceso reposado que rompe, sólo de vez en cuando, cuando entra a saco en sus pasajes más vitriólicos (que de haberlos, haylos) y que, en parte, remiten a títulos ya míticos del Séptimo Arte como el Perros de Paja de Peckinpah, tal y como sucede en la escena final o en la tensa secuencia nocturna durante el acoso a la casa de la hermana de Dwight por parte de algunos miembros de la familia de Cleland.


Una de las grandes pegas de la cinta de Saulnier, aparte de la falta de ritmo a la hora de exponer su historia, reside en el empeño de éste  por forzar varios giros de guión, a cual más ridículo y delirante que a mí, personalmente, me parecen poco creíbles y que, por su desequilibrio, achican uno de los mejores aciertos de la propuesta (y cuidadín que aquí viene un pequeño spoiler): los problemas de relación entre la familia del asesino y la de las víctimas, un turbio asunto que desarrollado con más profundidad podría haber dado mucho más de sí (fin del little spoiler).

Un thriller aburrido y demasiado alucinado que, sin embargo, funciona a las mil maravillas en cuanto al trabajo camaleónico de su protagonista principal, Macon Blair (vagabundo harapiento al principio y ciudadano normal y corriente una vez cumplida su venganza) y en lo que hace referencia a todas aquellas escenas que hacen gala de una visceralidad brutal; escenas que, por otra parte, a veces enturbia por culpa de sus desmesuradas ganas de resultar original y transgresor, como ocurre con la presencia del militarista amigo de Dwight, un personaje un tanto descerebrado y dotado de una presunta vis cómica que rompe demasiado con la aparente seriedad de su melodramático argumento.


Un quiero y no puedo que, a buen seguro, hará las delicias de los gafapastas del lugar.

6.11.14

Ni chicha, ni limoná


Richard Linklater es un cineasta inquieto al que siempre le ha gustado experimentar. De hecho, Boyhood, su última película, es un experimento en toda regla, ya que su rodaje duró la friolera de 12 años. Contando con los mismos actores, desde 2002 hasta  2013 estuvo enfrascado en la confección de la misma para mostrar el paso de los años en el seno de una familia compuesta de una madre, su ex marido y los dos hijos (niño y niña) fruto de su matrimonio, centrando su atención, ante todo, en el pequeño Mason, a quien vemos crecer desde su niñez hasta su ingreso en la Universidad.

Un trabajo laborioso que ofrece al espectador la (malsana) curiosidad de ver como sus protagonistas se van haciendo mayores con el paso del tiempo, notándose la transformación, sobre todo, en los personajes interpretados por Ellar Coltrane (ese Mason que de ser un crío mocoso pasa a convertirse en un adolescente de 17 años) y Patricia Arquette, su madre en el film, cuyo físico acaba deteriorándose más que el de Ethan Hawke, actor que da vida a su ex marido.


Aparte de ese fisgoneo voyeurista que supone, del buen hacer de sus actores y de un cuidadísimo y trepidante montaje -capaz de ensamblar de forma suave y a la perfección los distintos cortes temporales-, Boyhood no proporciona mucho más a la platea. Todo queda reducido a una colección de retazos de una vida en la que se amontonan un desfile de clichés de lo más manido, desde la poca vista de la madre para encontrar una pareja estable decente a los primeros devaneos sexuales y amorosos del joven Mason, pasando por las inquietudes intelectuales de éste o por las inevitables referencias culturales y políticas que sitúan al espectador en distintas épocas concretas.


A pesar de su maratoniano metraje (casi tres horas de proyección), que obliga a entrar en el cine “bien cagao y bien meao”, la propuesta no llega a aburrir del todo, pero tampoco resulta muy interesante, que digamos. Un ensayo cinematográfico cargado de buenas intenciones que, en el fondo, no es “ni chicha, ni limoná”.

5.11.14

El topicazo


David Dobkin, un director especializado hasta el momento en comedias simplonas (El Cambiazo, Fred Claus), con su nuevo trabajo, El Juez, apuesta por un cine de mayor envergadura y entra de lleno en un melodrama familiar  de ambiente judicial. Una propuesta a priori prometedora que, por culpa del montón insufrible de tópicos con la que está construida, se queda en agua de borrajas.

La historia se centra, principalmente en Joseph y Hank Palmer. Padre e hijo, respectivamente. El primero es el juez de una pequeña localidad de Indiana; el segundo un abogado de élite de la ciudad de Chicago. Ambos no se soportan ni en pintura. Tras estar varios años sin verse, el hijo volverá a su localidad natal para asistir al entierro de su madre. Lo que en un principio tenía que ser un viaje relámpago, se convertirá en una visita más prolongada de lo esperado al tener que encargarse de la defensa de su padre quien, al día siguiente de enterrar a su esposa, será acusado del asesinato de uno de los vecinos del lugar.


Nada nuevo que contar. Más de lo de siempre. Topicazos a punta pala: tensión entre padre e hijo, recelos del pasado, un hermano fracasado y otro deficiente mental. El abogado, es un tipo de doble moral aunque con buenos sentimientos; el juez, un hombre estricto, enfermo y cascarrabias. De propina, por si fuera poco, la hijita repelente del letrado, una novia del pasado, la hija de ésta, un fiscal de hierro y un abogado adjunto bastante tontorrón. Lo nunca visto, vaya, y aderezado con ese toque moralizante que tanto le gusta al público norteamericano (bandera incluida, no faltaría más).


Suerte tiene el tal Dobkin de que, por lo menos, sus actores le funcionan a la perfección. Gracias a ellos, se suaviza un tanto ese aspecto de telefilme de sobremesa que destila el producto. Robert Downey Jr. aparca provisionalmente a un lado su disfraz de superhéroe de la Marvel y apuesta por un personaje más humano que deja al descubierto sus dotes interpretativas, mientras que Robert Duvall, a sus 83 años (y a pesar de dar vida a un hombre de 71), carga con el papel más consistente de la función, encarnando a ese magistrado que, en un momento determinado de su vida, ve tambalear su ética profesional. Y ello sin olvidar las siempre interesantes aportaciones de gente como Vera Farmiga, Vincent D’Onofrio o un muy desaprovechado Billy Bob Thornton.


Viendo los despropósitos y la melaza que amaga El Juez, les aseguro que eché en falta grandes películas judiciales y familiares al estilo de Matar un Ruiseñor, cinta de la que, por cierto, se hace una pequeña referencia al entonar el nombre de su personaje principal, el único e incomparable Atticus Finch (inmenso Gregory Peck). Eran otros tiempos. Ahora nos toca acarrear con letrados cinematográficos de otro estilo.