11.5.15

¡Basta de recortes en Sanidad!


Hipócrates no es una película más sobre hospitales. Nada que ver con House o con esa sarta interminable de series televisivas nacidas al amparo de Urgencias o, alejándonos en un tanto el tiempo, con Centro Médico. Hipócrates emparenta más, por ejemplo, con esa contundente y setentera Anatomía de un Hospital de Arthur Hiller que con cualquiera de los títulos antes citados, tanto por el dibujo de la precariedad laboral que sufren los trabajadores de la Sanidad pública hoy en día como por ese espíritu crítico con el que su director, el francés Thomas Lilti, afronta su segunda trabajo tras la cámara.

Los recortes presupuestarios en el sector, los absurdos protocolos médicos a seguir que se muestran incapaces de respetar la voluntad de los pacientes en cuanto a últimas voluntades se refiere o los errores médicos derivados de una mala gestión hospitalaria, son sólo algunos de los temas que trata, con contundencia, el film de Lilti, un hombre conocedor de la materia, pues había trabajado como galeno en un centro público.


La película sigue los pasos de Benjamin (espléndido Vincent Lacoste), un joven residente que inicia sus prácticas en el hospital dirigido por su propio padre y que, a pasos agigantados y en compañía de otro interno procedente de Argelia, empezará a descubrir la desidia que provoca, entre sus compañeros, la falta de recursos económicos y sanitarios para paliar el dolor de sus pacientes. El silencio como norma por parte de la Dirección y de la Administración ante ciertos problemas de envergadura, agravarán los problemas de un centro sanitario totalmente inestable y en decadencia.


Una cinta inteligente y tan honesta consigo misma que, aparte de loanza implícita al esfuerzo del colectivo de trabajadores de la Sanidad por realizar sus tareas bajo mínimos, no esconde, por ejemplo, que, en ocasiones, el cuerpo médico, excepto honradísimas excepciones, se deja llevar más por los intereses propios y de la Administración (tapando incluso sus oscuros trapicheos) que por el bienestar de los enfermos ingresados.


Un producto necesario, valiente y, en parte, aterrador. La Sanidad Pública, en la actualidad, está hecha una puta mierda. Y no sólo en Francia. En España, lo que están haciendo con ella, ya es de juzgado de guardia. No dejemos que nos la quiten para machacarnos con privatizaciones abusivas, pues la Sanidad no es un negocio, por mucho que cuatro gángsters impresentables se empeñen en ello. Y un buen primer paso para evitarlo, es dando soporte a este interesante trabajo de Lilti.

6.5.15

El gran histrión


Desde que dirigió la interesante y poco apreciada Liberty Heights en 1999, la carrera de Barry Levinson ha ido de capa caída, excepto honradas excepciones como ese telefilme que, bajo el título de No Conoces a Jack, narraba los pormenores de la vida del Jack Kevorkian, uno de los principales defensores de la eutanasia y al que se le conoció bajo el apodo de Doctor Muerte, personaje que, en su día, fue interpretado de forma modélica por un Al Pacino en plena forma. Ahora Levinson, para su nuevo film, La Sombra del Actor, se apunta al “cine de autor”, echa mano de nuevo de Pacino y nos castiga con un soberano y pretencioso melodrama con gotitas (contadísimas) de humor negro.

La Sombra del Actor (patética traducción española de The Humbling, o sea, La Humillación) está basada en una novela de Philip Roth en la que se narra el descenso a los infiernos de Simon Axler, un actor de fama internacional que, al ver como su don para la interpretación se le está empezando a escapar de las manos, cae en una profunda depresión y, tras un intento de suicidio durante la representación de una obra teatral, decidirá dejar la escena para siempre, no sin antes someterse a tratamiento psiquiátrico.


El realizador de Rain Man se acerca a la trama desde un punto de vista un tanto esotérico. Se aproxima a su personaje principal mezclando la realidad de su vida cotidiana con las ensoñaciones y alucinadas de un hombre que, a pasos agigantados, parece estar perdiendo la memoria. Pero ello lo hace de forma perezosa, sin ángel, aburriendo más que enganchando al espectador y contando, para ello, con un Al Pacino desmesurado que, para dar vida a ese actor desesperado, recurre a una colección de tics de lo más patético y pasado de vueltas; son tantas las ganas que el protagonista de Serpico tiene de epatar y de traspasar límites, que el personaje de Simon Axler se le desmorona en cada uno de sus incontrolados aspavientos.


En nada ayuda la elección de la sosísima Greta Gerwig (a la que hace poco pudimos verla en la también insoportable Frances Ha) para dar vida a Pegeen, una joven lesbiana que desde muy temprana edad se sintió fascinada por el actor y que ahora, durante el retiro de éste, se muestra decidida a iniciar una relación sentimental y sexual con él; una relación a la que se opone taxativamente la madre de ella, una actriz que en el pasado actuó al lado de Axler y que, de pasada, sirve para que la actriz que la encarna, Dianne Wiest, contagiada por la sobreactuación de Al Pacino, dé rienda suelta a su histrionismo.


La Sombra del Actor o, en resumidas cuentas, el día en que Barry Levinson decidió disfrazarse de autor y Al Pacino nos quiso demostrar, de la peor manera posible, que aún sigue siendo uno de los mejores actores vivos de la historia del cine. A la vejez, viruelas.

30.4.15

El buenismo del zahorí


El Maestro del Agua significa el debut tras las cámaras de Russell Crowe quien, al mismo tiempo, carga con el papel principal de la película, el de un zahorí australiano que, cuatro años después de la masacre de Gallipoli durante la primera guerra mundial y azuzado tras el reciente suicidio de su esposa, decide viajar hasta Turquía para intentar recuperar los cuerpos de sus tres hijos que, en su día, partieron hacia el campo de batalla.


La ópera prima de Crowe está cargada de buenísimas intenciones. De hecho, la cinta apuesta más por el humanismo y el “buenismo” que por la épica que podría desprenderse de su historia. Pero su fuerza termina ahí: en sus buenas intenciones. Ni el ritmo es el apropiado (pues resulta tremendamente aburrida) ni las situaciones que describe son del todo creíbles, tal y como sucede con la forzada y pésimamente explicada relación que surge entre ese padre de familia desesperado por encontrar a sus hijos y la guapísima dueña del hotelito turco en donde se aloja.


Es innegable que El Maestro del Agua tiene un inicio cautivador, interesante y bien filmado. Después, a medida que va entrando en materia, empiezan a aparecer grandes vacíos de guión y, lo que es peor y a pesar de estar basada en un caso verídico, hace bastante indigerible la concomitancia (bastante alucinada) que se establece entre el padre obstinado y el militar turco que estuvo al mando del ejército el día de la matanza, algo similar a lo que ocurría entre el ex militar británico que interpretaba Colin Firth en la infumable Un Largo Viaje con el soldado japonés que le había torturado durante su captura.


Dejando a un lado las múltiples deficiencias técnicas que denota su filmación, así como las cantarinas cromas que utiliza en muchos momentos de su proyección, Russell Crowe cae en la malsana tentación de, con su personaje, acaparar la mayor parte del protagonismo de la cinta ya que, a duras penas, no hay una sola escena en la que no salga él devorando planos a tutiplén, un defecto en el que caen muchos de los actores cuando deciden ponerse por primera vez a ambos lados de la cámara. 

Una película bienintencionada aunque preocupantemente cansina, cuya mejor baza la juega con la presencia (¡siempre de agradecer!) de Olga Kurylenko, una bellísima fémina que, en los últimos tiempos, se la están rifando varios de los directores actuales. Lo que haga, da igual; la cuestión es que, con su rostro y su cuerpo, siempre da esplendor a un producto.


27.4.15

La sombra de Jack Sparrow es alargada


Los tiempos de El Último Escalón o El Efecto Dominó ya le quedan lejos a su realizador, un David Koepp en horas bajas que, en su último film, Mortdecai, lo único que ha hecho es prestar (bajo mínimos) sus conocimientos tras la cámara para contentar a un Johnny Depp ansioso por seguir alargando la histriónica figura del pirata Jack Sparrow en cada uno de sus nuevos films, ya sea dando vida al indio Tonto de El Llanero Solitario o, como en el caso que ahora nos ocupa, dando forma al aristócrata británico Charlie Mortdecai, un hombre al punto de la bancarrota que, debido a sus conocimientos como tratante de arte, deberá colaborar con un agente del MI6 para localizar un valioso cuadro robado de Goya en cuya parte posterior está grabado el código de una cuenta que alberga un tesoro nazi.

La cinta, basada en uno de los tres libros de la trilogía setentera escrita por Kyril Bonfiglioli, no es más que una tontería supina, una de esas astracanadas que bien podría haber realizado Blake Edwards en el crepúsculo de su carrera ya que, en muchos momentos (demasiados), los gags que inundan la cinta nos remiten directamente a los peores títulos de La Pantera Rosa. Pero, por muy patoso que sea, ni el personaje de Mortdecai tiene el carisma de Jacques Clouseau ni Johnny Depp, en su empeño por seguir haciendo el payaso, está a la altura de ese gran comediante que fue Peter Sellers.


Un quiero y no puedo que mezcla en su trama personajes de todo tipo y condición. Espías internacionales, ladrones de arte, aristócratas de capa caída, espías internacionales, ninfómanas, terroristas rusos y mujeres de carácter fuerte, forman un cóctel pretendidamente ingenioso que, en realidad, no conduce a ninguna parte. Bueno, sí, sólo a una: a potenciar los delirios desmadrados de su protagonista principal.

Un chiste único y recurrente, siempre sobre el mostacho de Mortdecai, así como la obsesión de éste por los bigotes de otros hombres, marcan un producto que nunca se debería haber filmado. Por detrás, en segundo plano, quedan sus numerosas referencias a otra saga multimillonaria, la de James Bond, así como sus múltiples guiños a la comedia inglesa de todos los tiempos (por mucho que se haya hecho desde el punto de vista norteamericano) y, de propina, esa extraña relación de dependencia enfermiza y accidentada entre su principal protagonista y esa especie de mayordomo y guardaespaldas que le sigue a todas partes, un Paul Bettany que parece totalmente perdido en su papel; una relación que en parte, y siguiendo con las forzadas semejanzas con la serie de La Pantera Rosa, recuerdan a la simbiosis caótica establecida entre Clouseau y Cato, su asistente oriental.


Y allí, a cierta distancia, dos pesos pesados que dan la impresión de no saber a ciencia cierta qué coño pintan en el invento orquestado a medias entre Koepp y el propio Depp (productor, asimismo, de la cosa): Gwyneth Paltrow y Ewan McGregor, ella como Johanna, la esposa dominante del amigo Mortdecai y él, haciendo gala de su faceta más sosa, encarnando a Martland, ese espía del MI6 que, enamorado en secreto de Johanna, ha de recurrir a los servicios del marido de ésta para recuperar el valioso cuadro desaparecido. Y, de propina, con la aparición de Jeff Goldblum, otro actor de esos capaces de apuntarse a un bombardeo, en un visto y no visto de lo más innecesario y metido en calzador para darle cierto prestigio a un film que ya ha nacido estrellado.


Espero que no se atrevan con los dos restantes títulos de la trilogía de Bonfiglioli.

23.4.15

Detective lisérgico


Paul Thomas Anderson se lo tiene creído. El tipo empezó bien y nos regaló dos joyas del nivel de Boogie Nights y Magnolia para, a ritmo acrecentado, pasar a empacharnos con pedanterías subidas de tono, como esa insoportable y minimalista Pozos de Ambición o la más reciente The Master, otro peñazo de mucho cuidado que hizo las delicias de los gafapastas del lugar. Ahora, habiendo sido nominado (de forma inexplicable) a mejor guión, vuelve a la palestra con Puro Vicio (traducción inapropiada de Inherent Vice, o sea, Vicio Propio), un ejercicio de petulancia supina basado en la novela de Thomas Pynchon.

Puro Vicio se ambienta en Los Ángeles de finales de los años 60, época en la que la psicodelia campaba a sus anchas y que se convierte en la excusa ideal para que el realizador californiano desbarre a tutiplén durante sus interminables dos horas y media de metraje. En ellas, un detective porrero y catador de todo tipo de alucinógenos, aceptará el encargo de una antigua novia para localizar el paradero de un promotor inmobiliario multimillonario que ha desaparecido del mapa. En su lisérgica investigación se irá cruzando con individuos de todo tipo y condición.

No negaré que sus primeros 45 minutos tienen su gancho. La cosa resulta graciosa y, aparte de los claros paralelismos con El Gran Lebowsky de los Coen que surgen de su colgado personaje principal, se respira una atmósfera que, a pesar de transcurrir en una década distinta, logra transportar al espectador a esas calles de Los Ángeles de los años 30 que pisaba Jack Nicholson en la inmensa Chinatawn de Roman Polanski. Cine negro y un toque de humor absurdo.


El invento, en un principio, parece prometer, pero pronto da un vuelco y la historia propuesta se convierte en un desbarajuste inexplicable, lleno de incongruencias narrativas y espesas lagunas difíciles de superar en las que se amontonan un sinfín de personajes a cual más alucinado y en nada perfilado. Una vez despertada la arrogancia autoral de Thomas Anderson, la cosa empieza a caer en picado y, de ser una obra satírica en clave de cine negro, pasa a convertirse en un calco desmadrado de las aventuras alucinógenas vividas por el Dr. Gonzo y Raoul Duke (alter ego de Hunter S. Thompson) en ese despropósito gigantesco de Terry Gilliam que atendía por Miedo y Asco en Las Vegas.


De nada le sirve a Puro Vicio contar con un casting ciertamente tentador: Josh Brolin, Owen Wilson, Reese Whiterspoon, Benicio Del Toro o Eric Roberts, entre otros muchos, ejercen de puras marionetas, sin apenas consistencia, para dar soporte a su protagonista principal, un desmadrado y cargante Joaquin Phoenix que sigue fiel en su empeño de dar rienda suelta a su histrionismo nato y en su perseverancia en convertirse en el rebelde del Hollywood actual. Y es que, últimamente, al amigo Phoenix no le soporto ni en pintura.


Paul Thomas Anderson, ese tipo que se cree un “autor” consagrado porque muchos (demasiados) le adulan sus películas, se podría ir a tomar el pelo a otra parte.


Más que Puro Vicio es pura caca. Caca de la vaca.

14.4.15

Fresca ensalada de gays y mineros


A medio camino entre la comedia británica muy al estilo de Full Monty y el cine crítico de Ken Loach, nos llega Pride, una cinta coral que, dirigida con esmero por Matthew Warchus, se ambienta en la Inglaterra de 1984, justo durante la huelga de mineros que castigó al gobierno de Margaret Thatcher para centrarse, ante todo, en un hecho muy concreto: el de las acciones reivindicativas y de soporte que un grupo de gays y lesbianas -el LGSM (Lesbians and Gays Support the Miners)- llevaron na cabo para recoger fondos para la causa de los huelguistas. Un hecho histórico, narrado con muchas licencias (perdonables) para darle más fuerza al producto (¡todo por el espectáculo!) y que unió, en la lucha, a dos grupos totalmente disonantes, el del colectivo homosexual y el de los mineros.


Pride es claramente una comedia coral, plagada de numerosos personajes perfectamente perfilados con cuatro trazos de guión y que, aparte de su espíritu crítico, apuesta de manera inteligente por el sentido del humor. La película se inicia con la negativa del sindicato de mineros a aceptar las recaudaciones del grupo gay y estos, decididos a llevar hacia adelante su empeño, deciden viajar hasta Dulais, un pequeño pueblo galés minero, para intentar convencer a sus habitantes, la mayoría de ellos sumidos en la huelga, de que acepten su colaboración.


La Inglaterra anclada en el pasado y la Inglaterra transgresora cara a cara. Los personajes, en un principio antagónicos, empiezan a interrelacionarse. Primero con recelo y luego con más convicción, dando lugar, con ello, a un sinfín de momentos ciertamente divertidos y bien construidos. Las historias personales se amontonan y, poco a poco, se van desgranando, siempre con el decorado de un país marcado por la desazón política y social imperante durante la era Thatcher. En algunos temas, Warchus profundiza más que en otros pero, en general, siempre sabe contrapesar la balanza en todos los aspectos.

Al buen devenir del producto hay que añadirle la atinada elección de un casting totalmente acorde con las intenciones de su realizador. Gente ya consagrada del cine británico como Imelda Staunton, Paddy Considene o Bill Nighy, se alternan, con una fluidez exquisita con rostros más jóvenes y no muy conocidos por el gran público (como George MacKay, recientemente visto en Mi Vida Ahora y Amanece en Edimburgo, o Ben Schnetzer, entre otros).


Un film fresco que, a pesar de sus presumibles licencias narrativas respecto a la realidad histórica, se deja ver con agrado, al tiempo que se convierte en un gratificante canto a la libertad y a la solidaridad.

8.4.15

Un empresario honrado


Tras haber aburrido soberanamente a las plateas con esa palizón pasado por agua que significó Cuando Todo Está Perdido, J. C. Chandor, con su nueva propuesta, El Año Más Violento, retoma el buen pulso narrativo que ya esgrimió en la estupenda Margin Call y nos acerca a una historia de supervivencia y honradez ambientada en la ciudad de Nueva York a principios de los años 80.

Abel Morales (un espléndido Oscar Isaac) es un emigrante hispano que, tras casarse con Anna, la hija de un poderoso empresario que tejió su compañía de manera bastante oscura, compra la firma de éste e intenta sacarla adelante de forma honrada, esquivando los tejemanejes corruptos, las sospechas infundadas de la fiscalía y enfrentándose a otros empresarios del sector: el del suministro de fuel para calefacciones.


La cinta, filmada con un academicismo ciertamente loable, resulta sobria, perfectamente perfilada y está dotada de un guión al que no le sobra absolutamente nada. Afronta el tema de las mafias y la corrupción empresarial desde el lado opuesto, el de un hombre que quiere salvar su negocio de forma honesta, a pesar de las presiones que nacen de su propia esposa, una mujer dura y sin escrúpulos a la que da vida, de forma contundente, una Jessica Chastain que, en esta ocasión y teñida de rubio, se acerca de forma magnífica a un rol totalmente distinto a los que la chica nos tiene acostumbrados.


De fotografía fría y ambientes sórdidos, J. C. Chandor construye un thriller atípico que, con un mucho de melodrama en su haber, arropa el retrato de un pequeño imperio empresarial que, por momentos, nos acerca a cintas de una época muy concreta ya que, en varios de sus pasajes y a pesar de tratar temas distintos, a uno le pasan por la cabeza imágenes de cintas como Serpico de Lumet o de la mismísima trilogía de El Padrino del maestro Coppola.

Narrada de forma calmada y sin prisas, El Año Más Violento, contiene, al mismo tiempo, escenas de acción dignas del mejor cine de género, como sucede con una persecución entre un automóvil y un camión robado que culmina a pie, de manera muy a lo French Connection (¡qué grande era Friedkin!), corriendo por escenarios ciertamente fantasmagóricos y junto a las vías del tren de una Nueva York gris y un tanto espeluznante.


Cine serio y compacto, del que hay que tener en cuenta. Un bravo para un Chandor que, en este trabajo, se muestra capaz de aproximarse a los grandes del Séptimo Arte sin desentonar en absoluto.

31.3.15

Hasta que llegó su hora (y media)


Dirigida por Phil Alden Robinson (un hombre que llevaba desaparecido desde el 2002 tras estrenar Pánico Nuclear), llega ahora a nuestras pantallas su último trabajo, El Hombre Más Enfadado de Brooklyn, un film cuyo único aliciente es la presencia en él del desaparecido Robin Williams, protagonista, casi absoluto, de este despropósito de connotaciones claramente televisivas.


A no ser por la figura del llorado Robin Williams y de la siempre efectiva Mila Kunis (una chica a la que recientemente la encontramos hasta en la sopa), este sería un producto que, a buen seguro, nunca se habría estrenado en España, ya que es el típico título que, en general, se edita directamente en formato casero.

De hecho, se trata de un remake de The 92 Minutes of Mr. Baum, un viejo film israelí de 1977 que no conocíamos por estos lares y que, al igual que éste, narra los 90 minutos de pánico total que vive un tal Henry Altmann cuando la joven doctora que sustituye a su médico de cabecera, le comunica airada, ante la mala educación de su paciente y para sacárselo de encima, que tan sólo le queda una hora y media de vida, motivo por el cual el amigo Altmann, un tipo enfadado con el mundo y consigo mismo, emprenderá un largo recorrido por las calles de Nueva York intentando localizar a sus familiares y amigos con la intención de despedirse de ellos.


A medio camino entre la comedia más estúpida y simplona y el melodrama lacrimógeno y sentimentaloide, la cosa va avanzando de manera rutinaria y sin ningún tipo de ángel. Ahora un chistecito tontorrón, luego un poco de intensidad dramática de lo más resbaladizo y, de nuevo, otra bromita inaguantable. Para rematar el sublime ejercicio, súmenle un cansino festival de aspavientos y muecas de un Robin Williams totalmente pasado de rosca, amparando, en todo momento, la simplicidad de un producto que, en su recta final, apuesta por una sobredosis de almíbar de lo más previsible. Suerte de los ojazos de la Kunis, que esos si valen un potosí.


No pierdan el tiempo y dedíquenlo a otros menesteres más provechosos. No están los tiempos como para tirar sus euracos en banalidades como esta.

23.3.15

El espía jubilado


Más de una década después de dejar de dar vida a James Bond, Pierce Brosnan vuelve a meterse en la piel de un espía, aunque aparcando a un lado sus labores como empleado del MI6 y optando por encarnar a un ex agente de la CIA retirado que, bajo mano, vuelve a ser llamado a filas por un antiguo superior suyo que le encarga la misión de dar caza y proteger a una testigo chechena que podría hacer tambalear la carrera del futuro presidente ruso, un tipo sin escrúpulos y con un pasado ciertamente turbulento. El título del invento es La Conspiración de Noviembre (pésima adaptación española del original The November Man) y dirige un viejo conocido del actor, Roger Donaldson, con el que ya trabajó en Un Pueblo Llamado Dante’s Peak.

La Conspiración de Noviembre es un film totalmente estándar, de esos de espías un tanto  a las antípodas de los sofisticados artilugios de 007, aunque eso sí, con mucho ritmo y con una estética muy de esas coproducciones de los años 80 y 90 en donde los paisajes de distintas capitales europeas se convertían en uno más de los protagonistas, mientras que sus efectos especiales, un tanto rupestres, resultaban ás o menos efectivos.

La historia es mínima, por no decir de lo más simple. Infiltrados, políticos con pinta de mafiosos, tráfico de blancas, un considerable número de persecuciones, explosiones variadas y, cómo no, los conflictos personales y de relación del espía protagonista, ese reciclado Peter Devereux -al que un sobreactuado (y arrugadillo) Pierce Brosnan parece no haberle pillado el tranquillo- que se debate entre su enfrentamiento con un joven agente que en tiempos fue su protegido en la CIA y el deber de proteger a una asistente social que le puede conducir hasta la buscada testigo por las calles de Belgrado.


La película, a pesar de sus defectos y de un endeble guión con más de una laguna en su haber, entretiene. Y punto. Sin más, de las que se olvidan a los dos días de haberla visto. No hay que buscarle peras al olmo. Es lo que hay y, en su trama, no se anda por las ramas. Va directo al grano, a veces de manera demasiado pueril, pero resulta. Y de propina, cuenta con la presencia, siempre estimulante, de una guapísima Olga Kurylenko, lo mejor (estéticamente hablando) de la función. Y ésta si que no es de las que se olvidan en un par de días.

17.3.15

Sadomaso light para marujonas


La directora británica Sam Taylor-Johnson, la misma que hace unos años (con el nombre de Sam Taylor-Wood) nos sorprendiera con un curioso biopic sobre los años mozos de John Lennon (Nowhere Boy), se ha trasladado a Vancouver (Canadá)  para, desde allí y disfrazándola para que cumple las funciones de la ciudad norteamericana de Seattle, hacerse cargo de la traslación cinematográfica del millonario best seller de la escritora E.L. James Cincuenta Sombras de Gray.

En la cinta se cuenta la extraña relación que se establece entre Anastasia, una joven estudiante de literatura que compagina sus estudios con su trabajo de dependienta en una ferretería, con Christian Grey, el potentado propietario de un inmenso imperio empresarial. Una relación que nace cuando la chica, por encargo, le ha de realizar una entrevista al apuesto multimillonario; una entrevista que, para ella, significará enamorarse automáticamente del galán, un controvertido personaje que no busca ningún tipo de relación sentimental con las mujeres, ya que sus tendencias sexuales son algo más oscuras y peligrosas de lo que la virginal muchacha esperaba.


En Cincuenta Sombras de Grey, por mucho morbo que quiera desprender a través de sus imágenes y siguiendo la misma estética videoclipera de la ochentera Nueve Semanas y Media a la hora de afrontar sus escenas (en teoría) más subidas de tono, se queda en un banal ejercicio de cine erótico totalmente light que tan sólo contentará a ese público adolescente (ante todo femenino) que busca historias romanticonas con dos protagonistas guapetones y, al mismo tiempo, a un montón de marujonas, de las de misa cada domingo, que creerán haber sobrepasado los límites de sus creencias religiosas al aceptar, en silencio,  un montón de escenas de sadomasoquismo de lo más inocente y santurrón.


El trabajo de Sam Taylor-Johnson, a años luz de su interesante Nowhere Boy, se apoya en un endeble guión (debido a Kelly Marcel, la misma de la más conseguida Al Encuentro de Mr. Banks) que se muestra totalmente incapaz de desarrollar mínimamente a sus dos protagonistas principales y que se olvida, por completo, de darle un poco de presencia a unos secundarios que tan sólo sirven para hacer bulto en medio de tanto desatino argumental. Qué pena da, por ejemplo, ver pululando, perdida por ahí, a una mujer de la talla de Marcia Gay Harden que acomete, con su mejor voluntad, el rol de la madre del sadomaso de Grey.

La insulsez de Dakota Johnson dando vida a esa Anastasia Steele que pretende reconvertir la oscuridad que rodea a su pareja en una apasionante historia de amor o la endeblez interpretativa de un Jamie Dorman metido con calzador en la piel del peculiar Christian Grey, en nada ayudan a mejorar un producto con  muy poca “trempera” en su haber, a pesar de los endebles esfuerzos de su realizadora por conseguir la calentura del patio de butacas.


125 minutos imposibles de digerir, incapaces de poner a tono al espectador y que, en más de una ocasión, aparte de rozar el mayor de los ridículos, caen en los mismos tópicos de las más cursis historias de amor con las que el cine nos ha castigado. Y, por desgracia, teniendo en cuenta su última escena, ya podemos empezar a temer una más que previsible secuela.

11.3.15

Yo confieso


El realizador John Michael McDonagh y Brendan Gleeson ya habían colaborado juntos en la ópera prima del primero, el muy peculiar thriller El Irlandés. Ahora, tres años después, vuelven a unir sus fuerzas para atreverse con Calvary, una historia más hermética, aunque igualmente pastoral, en donde la religión y los malos rollos campan a sus aires y que le ofrece un nuevo papel de lucimiento y elevadísima contención al actor dublinés: el de un sacerdote rural que, amenazado de muerte durante una confesión, deberá sobrellevar la semana que le otorga de plazo el presunto asesino, afrontando los diversos problemas que se acumulan entre los parroquianos de su pequeña aldea.


Calvary posee un inicio ciertamente contundente, el de una confesión en la que se mezclan todo tipo de conceptos, desde la bondad más infinita hasta el resentimiento y los casos de pederastia en el seno de la iglesia católica. A partir de ahí, la cámara de McDonagh, se dedica a seguir los pasos del padre James, un inmenso e imperturbable Brendan Gleeson metido en el interior de una larga y negrísima sotana; pasos que le acercarán al resto de feligreses e, inclusive, a su propia y frágil hija, una hija que tuvo en su matrimonio antes de optar por el celibato.

La cinta, de trama totalmente distinta a su anterior trabajo, conserva, sin embargo, ese aire, a veces socarrón y surrealista que destilaba El Irlandés, aunque, en esta ocasión, sustenta el mayor peso de su trama en el personaje de un genial Gleeson, alma y motor innegable del film, y se pierde un tanto en el énfasis discursivo con el que afronta la mayoría de sus pasajes, sobre todo en su tramo final, en donde se desvelará el rostro del hombre que, en confesión, amenazó al religioso protagonista; un hombre del que el sacerdote es consciente desde un principio, pero cuya identidad se esconde al espectador hasta el último momento. Una manera como otra de dotar de cierta intriga a un film bastante aburrido y en cierto modo previsible.


De hecho, Calvary parece una sucesión de pequeñas historias ensartadas, una detrás de otra, por el personaje conductor del padre James ya que, entre los moradores de la pequeña aldea, existen todo tipo de individuos y conductas: escritores seniles en el ocaso de su carrera (magnífico M. Emmet Walsh), médicos ateos y fiesteros, adúlteras con ganas de provocar al resto de la parroquia, maridos cornudos, jovencitas suicidas y millonarios cínicos y especuladores. Una fauna de personajes milimetrada a los que el curilla en cuestión se irá acercando, uno por uno, con discursito incluido para cada encuentro.


Un film fallido, con un atractivo sentido del humor que, por desgracia, sale a flote en muy pocas ocasiones ya que, en general, se deja arrastrar por su gruesa pincelada religiosa y, lo que es peor, por ese afán discursivo que adorna la mayor parte de su metraje. Una pena.