27.8.15

Cómo evitar la putrefacción del agua


Desde el 2010, año en que realizó la irregular y un tanto soporífera Amador, Fernando León de Aranoa no había vuelto a dirigir ningún largometraje. Ahora, 5 años después, lo hace con Un día Perfecto, uno de los mejores trabajos de su carrera tras la estimable Los Lunes al Sol.

Basada en la novela de Paula Fairas Dejarse Llover, Un Día Perfecto nos narra las vicisitudes por las que pasarán un grupo de cooperantes que, durante el ocaso del conflicto de Los Balcanes y ante las continuas e ilógicas trabas impuestas por los Cascos Azules, se disponen a sacar un cadáver de un pozo que alguien ha tirado para dejar sin abastecimiento de agua a los vecinos del lugar. Lo que podría ser un trabajo muy sencillo, acabará convirtiéndose en una pesadilla para esa cuadrilla de personas bienintencionadas.


León de Aranoa se aproxima a un tema duro pero que, con una esplendidez narrativa y argumental, sabe maquillarlo con un muy particular sentido del humor; negro, muy negro, pero sentido del humor al fin y al cabo. Con cuatro trazos perfectamente definidos de guión (escrito, mano a mano, por el propio director y Diego Farias), define perfectamente a sus cuatro protagonistas principales (tres hombres y dos mujeres) quienes, en busca de soluciones para extraer al finado del interior del pozo, recorrerán una buena parte del territorio a bordo de un par de jeeps y en compañía de un niño que ha sido agredido por otros muchachos.

Llena de situaciones tan esperpénticas como magnéticas y adornada con un sinfín de brillantísimos (e ingeniosos) diálogos, transcurre un film ágil y capaz de atrapar al espectador en su trama desde su primera e impactante escena.

Buena parte del magnetismo de Un Día Perfecto radica en el personaje de un sobresaliente Benicio del Toro en una de las mejores interpretaciones de su extensa filmografía, mostrándose capaz de dotar de una profunda entidad a Mambrú, el cooperante al que da vida y que, a través de su arrolladora presencia, hace que las también buenas actuaciones de sus compañeros queden hasta incluso un poco deslucidas. Y eso que tanto Tim Robbins como Olga Kurylenko y Mélanie Thierry bordan igualmente sus respectivos roles.


No les chafo más la historia. Mañana mismo se estrena en nuestro país. Disfrútenla y descubran de qué modo, una historia que podría haber resultado de lo más deprimente y angustiosa por su temática, deriva hacia un film entretenido e incluso, por momentos, divertido, aparte de contener un final tan sorprendente como esperanzador. Y acérquense a ella, a poder ser, en su versión original subtitulada, condición casi indispensable para su mayor complacencia.

Una de las mejores cintas de este verano. Ya empezaba a echar en falta el buen cine que, en general, nos ofrecía Fernando León de Aranoa. Y ahora, vuelve a estar en forma.

21.8.15

Destrozando al agente de C.I.P.O.L.

Ya a muy temprana edad era un niño enganchado totalmente a una serie televisiva. El Agente de C.I.P.O.L. (pésima traducción española de The Man from U.N.C.L.E.) me tenía robado el corazón. A mí y a mi primo Pere. Ambos nos desvivíamos por las aventuras, un tanto surrealistas y en clave de comedia, de Napoleón Solo e Illyia Kuryakin (interpretados, respectivamente, por Robert Vaughn y David McCallum). Tan grande y desorbitada era nuestra pasión por ese par de agentes secretos que, entre nuestros juegos, nos inventábamos historias electrizantes que representábamos cada dos por tres de forma muy vivida. Mi primo, de cabello rubio, era Kuryakin y yo, castaño y con barbilla prominente (como Vaughn) era Solo. Y ahora, unos 50 años después de haber disfrutado con los hombres de C.I.P.O.L. (o, mejor dicho, U.N.C.L.E.), llega el tarambana de Guy Ritchie con su particular (y más bien desastrosa) revisión de la serie y, desde Operación U.N.C.L.E., se carga de un plumazo todos mis recuerdos infantiles.


Ritchie afronta la serie reinventándose a sus personajes. Es más, buscando los inicios de sus dos protagonistas, se monta una trama en la que Napoleón Solo e Illyia Kuryakin aún ni siquiera pertenecen a la organización U.N.C.L.E. Ambienta su cosa (porque a esta cinta sólo puede tildársela de “cosa”) en los años 60, en plena Guerra Fría. En este aspecto, al menos ha sido respetuoso con la serie, cuya primera temporada data de 1964. A Napoleón le convierte en un agente de la CIA y a Illyia en uno de la KGB. Ambos, tras haberse conocido de forma violenta y acelerada en el Berlín dividido por el muro, habrán de trabajar conjuntamente en una misión, en tierras europeas, para rescatar a un científico secuestrado por una organización criminal dispuesta a hacer grandes tropelías a nivel mundial. La hija del científico se convertirá en el señuelo que utilizarán los dos espías para infiltrarse en la organización.

En su desmesura visual habitual, Ritchie olvida que el principal cometido de la “cosa”, es entretener, gastando todas sus energías en el envoltorio y en la perfecta ambientación de una época. El contenido, en cambio, resulta de lo más vacío y estúpido que uno se puede tirar en cara. Las escenas de acción (siempre sincopadas, como es su estilo) están metidas a cuentagotas, mientras que sus personajes se desmoronan por una falta tremenda de definición, insistiendo única y exclusivamente en las divergencias que pueden surgir entre un norteamericano y un ruso de esos tiempos (o sea, entre Solo y Kuryakin). Vaya: barato, barato, barato.


Sus chistes son de lo más básico (y no para de colárnoslos a cada mínima ocasión), mientras que la utilización de su banda sonora es de lo más patético y forzado: una recopilación de temas musicales, de todo tipo, que no cuadran ni a tiros con lo que sucede en pantalla y, entre los que se encuentran a faltar, una mínima referencia sonora al excelente tema principal que compuso Lalo Schifrin en su día para la serie televisiva. Ni ese detallito ha tenido para compensar el vergonzoso desmantelamiento del C.I.P.O.L. original. De juzgado de guardia.


Y ya, por si fuera poco, ni siquiera ha tenido vista para elegir a unos actores adecuados para representar a esos genuinos agentes secretos. Más que actores, ha echado mano de unos actorcillos de tres al cuarto. Para el papel de Napoleón Solo ha contado con Henry Cavill, ese desaborido Superman de El Hombre de Acero que cada día recuerda más físicamente a Toni Cantó (ya es desgracia la suya, ya), mientras que para el rol de Kuryakin lo ha hecho con Armie Hammer, un tipo que de forma cantarina fuerza su acento inglés para parecer ruso y que acaba convirtiendo al pobre de Illya en un espía descerebrado, impulsivo y forzudo. Qué pena, qué pena… No suficiente con eso, les coloca de partenaire a Alicia Vikander para dar vida a la hija del científico desaparecido, una chica tan rematadamente sosa como sus dos compañeros de interpretación. De propina, para adornar y darle un poco de solvencia a la “cosa”, aparecen un arrugadísimo Hugh Grant y el cada día más en alza Jared Harris quien, como siga metiéndose en productos como éste, acabará arruinando su carrera.


Voy a por mí medicación. Es lo único que puede recuperarme de tan horrenda experiencia cinematográfica. Caca de la vaca.

¡Viva el C.I.P.O.L. original!

19.8.15

Dinosaurios agotados


Los dinosaurios de Steven Spielberg están agotados. La franquicia iniciada por Spielberg en la brillante Jurassic Park ya no da más de sí. Está consumida. Tras un episodio inicial de lo más potente, una segunda entrega (El Mundo Perdido) más o menos conseguida y un irregular tercer capítulo en forma de serie B (Jurassic Park III), 14 años después de este último, el Rey Midas del Hollywood actual vuelve a asumir las funciones de productor para endilgarnos un nuevo título de esta saga: Jurassic World, una secuela que demuestra que ya todo está inventado en el universo de los dinos.

Para tejer esta cuarta parte, se ha colocado tras la cámara a Colin Trevorrow, todo un hombre de paja cuyo único aval anterior es una banalidad llamada Seguridad No Garantizada; un realizador dispuesto a seguir las indicaciones del amo para montar una especie de fotocopia del primer Jurassic Park, pero sin la fuerza ni la originalidad de éste. Las únicas diferencias estriban en que el parque temático ya está en pleno funcionamiento y que, entre las diversas especies animales prehistóricos, figura un nuevo monstruo, el Indominus Rex, una mezcla genética e inmensa de varios tipos de dinosaurios.

Y, a partir de aquí, más de lo de siempre. Dos niños (hermanos, como en la primera) en peligro constante, fallos en los sistemas de seguridad del parque, muchas carreras huyendo de los bichejos liberados y, ante todo, un sinfín de efectos informáticos para dar vida a todo tipo de animalejos sedientos de carne humana. Y, ¡cómo no!, no podían faltar un considerable número de guiños a las anteriores entregas, a cual más forzado e innecesario.


No se puede negar que, a pesar de sus defectos, que son muchos (demasiados), la cinta funciona como un entretenimiento espléndido para los palomiteros del lugar. Trivial, pero entretenimiento al fin y al cabo. No aburre, pero no ofrece nada nuevo, al tiempo que aturde al espectador con una troupe de personajes de lo más simplones y en nada desarrollados, empezando por los dos hermanitos de marras (el pequeño resulta de lo más repelente), su tía (una especie de Barbie reciclada en alto cargo del parque temático) y un émulo intrépido de Indiana Jones (el Chris Pratt de la estimulante Guardianes de la Galaxia) reconvertido en educador de los inefables y emblemáticos T-Rex.


Y ya, para acabar de desmontar el invento del todo, déjenme que me cebe en su ridículo y absurdo clímax final y, ante todo (para los que ya lo han sufrido), en el momento crucial en que nuestra estimada Barbie (una desaborida Bryce Dallas Howard), calzada con unos taconazos de aúpa, se monta una carrera descomunal portando una antorcha en una de sus manos. No les digo más. Los guionistas ya no se saben qué coño hacer para llamar la atención.


Por desgracia, me temo que este no es el final de la saga. Seguro que caen unas cuentas entregas más. Les dejo. Me voy a tomar la medicación y a dar de comer a mi pterodactylus.

12.8.15

Desarticulando el IMF


El agente Ethan Hunt y su grupo especial del IMF (que no del FMI, por suerte) vuelven a la carga con una nueva y trepidante aventura en la quinta entrega de una saga que, con el tiempo, ha acabado compitiendo directamente con otra franquicia multimillonaria y de características similares, la de James Bond. Misión: Imposible – Nación Secreta es su título.

Después de haber dirigido las anteriores entregas de la saga gente como Brian de Palma, John Woo, J. J. Abrams y Brad Bird, ahora le toca el turno a un director con menos entidad que los citados: Christopher McQuarrie, un tipo cuyo principal mérito es haber dirigido Jack Reacher, una entretenida cinta de acción protagonizada por Tom Cruise y, ante todo, de haber escrito los guiones de trabajos como Al Filo del Mañana o Valkiria, entre otros. O sea, un hombre Cruise en toda regla; un realizador que le va como anillo al dedo a su protagonista y, en este caso, productor de la cinta.

Misión: Imposible – Nación Secreta es más de lo mismo. Pero con fuerza, estilo y un estimulante sentido del humor heredado, directamente, de su anterior capítulo, ese Protocolo Fantasma que, de la mano de un Brad Bird reciclado del cine de animación, convertía a los héroes del IMF en verdaderos personajes de un cartoon de lo más pasado de rosca.

En esta ocasión, tras un prólogo vertiginoso y espectacular al más puro estilo 007, el agente Ethan Hunt, al que se da por desaparecido, sigue adelante con una misión que tendría que haber abortado tras haber sido desarticulado su adorado IMF por estamentos superiores. Una intriga en la que se mezclan, como siempre, dobles agentes, crímenes y persecuciones de todo tipo, incluidas las de moto (en claro guiño a la peor entrega de la serie, M.I. 2, la de John Woo).


Comparado con su anterior capítulo (el de Bird) quizá éste sea un tanto menos acelerado pero, a pesar de ello, continúa siendo vibrante y con momentos del mejor cine de acción palomitera del que podemos disfrutar en la actualidad.

Apoyado a la perfección por Jeremy Renner (el hombre más cerebral del grupo), Simon Pegg (el agente torpe aunque efectivo) y un tanto destartalado Ving Rhames, Cruise (aún estando cada día físicamente más chaparro y narigudo) sigue asumiendo a la perfección el rol de Ethan Hunt y quien, a pesar de su indiscutible condición de estrella (y de productor al mismo tiempo), parece haberse aprendido la lección y se muestra capaz de no robar tantas escenas y planos al resto del equipo como hacía anteriormente, incluida la novedad de una resultona y eficaz Rebecca Fergusson en el rol de una mujer todoterreno y un tanto destroyer, tras la que se esconde uno de los misterios de la cinta. Y, de propina, un Alec Baldwin (recién salido de Torrente 5) en plena forma.


A disfrutarla: 131 minutos de entretenimiento puro que pasan en un abrir y cerrar de ojos. Lo de menos es su argumento; lo mejor es la sobredosis de adrenalina que nos ofrece.

7.8.15

Buscando a Margo

Pues nada, que estoy aquí de nuevo dispuesto a hablarles de cine, tanto de las novedades como de aquellos títulos que se han quedado en el tintero durante el largo parón estival, así como de los clásicos de toda la vida. Y, para empezar, un estreno que llega hoy mismo a nuestras pantallas: Ciudades de Papel.


Jake Schreirer, el director de la funcional y correcta Un Amigo Para Jack, adapta para el cine Ciudades de Papel, una novela de John Green, el mismo autor de Bajo la Misma Estrella, libro que también fue llevado a la pantalla grande por Josh Boone, con cierto éxito, la temporada anterior.

En este caso, y huyendo del tono lacrimógeno del film que inundaba la mayoría de pasajes del film de Boone, Schreirer apuesta por un tono más ligero para narrar lo que, en un principio, podría ser una nueva y tópica historia iniciática. Y digo que “podría ser” porque huye de la típica narración de este tipo de productos y se decanta por una mezcla (bastante efectiva) entre la comedia adolescente (incluidos sus toques de humor grueso) y el cine de connotaciones indies.


Ciudades de Papel nos habla del paso de la niñez a la adolescencia a través de las vivencias del joven Quentin, un chico que toda su vida había estado enamorado en secreto de su vecina Margo y que, tras varios años sin haber estado en contacto directo con ella, vivirá a su lado una noche mágica en donde la aventura y el misterio primará por encima de toda; una noche que le dejará marcado para siempre ya que, a la mañana siguiente, Margo desaparece por completo. Es, a partir de entonces, cuando Quentin, en compañía de sus amigos de escuela, decidirá iniciar la búsqueda de la muchacha basándose, única y exclusivamente, en varias pistas que, a modo de puzle, ella ha ido dejando.


La cinta, de agradable visionado ante todo en su primera parte, se vuelve un tanto monótona y reiterativa en su sprint final, tanto por su contenido como por su modo de estar contada ya que, en los momentos que la cosa demanda más profundidad narrativa, su realizador parece distanciarse un tanto de sus personajes y de sus situaciones; unas situaciones que, por momentos, rozan curiosamente el puro surrealismo (tal y como sucede, de forma divertida, con los Papá Noel negros que coleccionan los padres de uno de los colegas de Quentin).

Y allí, dominando todo el cotarro, la verdadera alma de la película, el joven y brillante Nat Wolff quien, con su particular actuación, hace totalmente creíble el papel del inseguro aunque decidido Quentin, ese chico que está dispuesto a todo con tal de conseguir encontrar el amor de su vida. Todo lo contrario de lo que ocurre con Cara Delevingne, una belleza muy al estilo de la Mariel Hemingway de los 70, pero que, con su frialdad interpretativa, lo único que consigue es que el espectador se distancie de un personaje que tendría que ser mágico y encantador.


Una manera distinta de contar una historia teen e iniciática: aventura, comedia, un mucho de road movie y un ligero toque de ingredientes del más puro indie. Lástima que la cosa no acabe de funcionar al cien por cien.

10.7.15

Y de repente... el último verano

Verano. Calor. Vacaciones. Falta de concentración. Vaya, un poco de todo. Y, de propina, durante el mes anterior, estuve ocupado ejerciendo como miembro del jurado del Cryptshow, un festival de cortometrajes de cine fantástico y de terror de Badalona que celebraba su novena edición del 1 al 4 de julio. O sea, que me pasé medio mes ante el ordenador visionando la tira de cortos de la sección oficial.

Como ven, no estaba muerto, estaba de parranda. Ahora, justo en estos días, estoy en plenas vacaciones laborales. Dentro de muy poco, cuando haya recuperado fuerzas, volveré a darles la tabarra. Mientras, pienso disfrutar de este calor insoportable que me derrite el cerebro y de mi tiempo de asueto. No les olvido.

Por si se quieren distraer y chafardear un poco, les dejo el link del Cryptshow, a cuyos responsables agradezco enormemente el haber contado conmigo y a quienes dejo un sonoro beso en la frente. 

Y a ustedes, sufridos lectores, les deseo un muy buen verano. Y vayan por la sombra.

Hasta dentro de unos días.

25.6.15

No hay dos sin tres... ni sin cuatro

Y de una sola tacada, se nos fueron todos ellos:

James Horner: con su música hundió el Titanic y enfrentó a la Weaver con una caterva de aliens.

Laura Antonella: mito erótico de los 70 que puso a cien a los más calentorros de la casa.

Marujita Diaz: de hacer extrañas circunvalaciones con sus ojos, con los años pasó a convertirse en la hermana mayor de Carmen de Mairena.

Dick Van Patten: alcanzó la fama mundial dando vida al orondo padre de la mítica y azucarada serie televisiva Con Ocho Basta.

Descansen en paz.

12.6.15

Christopher forever










Los no muertos también se van. Descanse en paz.

27.5.15

Tiempo de silencio

Hace ya la friolera de casi treinta años y durante una noche de luna caliente, tuve la oportunidad de entrevistarle en directo en el programa Travelling de la desaparecida Radio Clot de Barcelona, con motivo del estreno de su película Tiempo de Silencio. Esa noche, con su presencia y su sempiterno puro humeante (pues en esos tiempos aún se podía fumar en espacios cerrados), descubrí la mirada del otro en ese intruso que atendía por Vicente Aranda; una mirada que dejaba adivinar la pasión turca que sentía por cierta mujeres, a poder ser libertarias, desde la mítica Fata Morgana, pasando por la Carmen de Mérimée y terminando con la mismísima Juana la Loca, sin olvidarse, por supuesto, de su estimada Fanny Pelopaja, esa dama que estuvo involucrada en un asesinato en el Comité Central.


Ayer, a los 88 años de edad, en compañía de los jinetes del alba y de la muchacha de las bragas de oro, nos abandonaba para siempre. Ahora nos queda su denso legado cinematográfico, lleno de amantes de todo tipo (incluido un amante bilingüe), mucho morbo y una buena dosis de celos.

Hoy, escuchando canciones de amor en Lolita’s Club, el Lute, una novia ensangrentada, un grupo de mujeres crueles y un travesti que sueña con un cambio de sexo, llorarán su ausencia. Ha llegado el tiempo de silencio.

Descanse en paz.

11.5.15

¡Basta de recortes en Sanidad!


Hipócrates no es una película más sobre hospitales. Nada que ver con House o con esa sarta interminable de series televisivas nacidas al amparo de Urgencias o, alejándonos en un tanto el tiempo, con Centro Médico. Hipócrates emparenta más, por ejemplo, con esa contundente y setentera Anatomía de un Hospital de Arthur Hiller que con cualquiera de los títulos antes citados, tanto por el dibujo de la precariedad laboral que sufren los trabajadores de la Sanidad pública hoy en día como por ese espíritu crítico con el que su director, el francés Thomas Lilti, afronta su segunda trabajo tras la cámara.

Los recortes presupuestarios en el sector, los absurdos protocolos médicos a seguir que se muestran incapaces de respetar la voluntad de los pacientes en cuanto a últimas voluntades se refiere o los errores médicos derivados de una mala gestión hospitalaria, son sólo algunos de los temas que trata, con contundencia, el film de Lilti, un hombre conocedor de la materia, pues había trabajado como galeno en un centro público.


La película sigue los pasos de Benjamin (espléndido Vincent Lacoste), un joven residente que inicia sus prácticas en el hospital dirigido por su propio padre y que, a pasos agigantados y en compañía de otro interno procedente de Argelia, empezará a descubrir la desidia que provoca, entre sus compañeros, la falta de recursos económicos y sanitarios para paliar el dolor de sus pacientes. El silencio como norma por parte de la Dirección y de la Administración ante ciertos problemas de envergadura, agravarán los problemas de un centro sanitario totalmente inestable y en decadencia.


Una cinta inteligente y tan honesta consigo misma que, aparte de loanza implícita al esfuerzo del colectivo de trabajadores de la Sanidad por realizar sus tareas bajo mínimos, no esconde, por ejemplo, que, en ocasiones, el cuerpo médico, excepto honradísimas excepciones, se deja llevar más por los intereses propios y de la Administración (tapando incluso sus oscuros trapicheos) que por el bienestar de los enfermos ingresados.


Un producto necesario, valiente y, en parte, aterrador. La Sanidad Pública, en la actualidad, está hecha una puta mierda. Y no sólo en Francia. En España, lo que están haciendo con ella, ya es de juzgado de guardia. No dejemos que nos la quiten para machacarnos con privatizaciones abusivas, pues la Sanidad no es un negocio, por mucho que cuatro gángsters impresentables se empeñen en ello. Y un buen primer paso para evitarlo, es dando soporte a este interesante trabajo de Lilti.

6.5.15

El gran histrión


Desde que dirigió la interesante y poco apreciada Liberty Heights en 1999, la carrera de Barry Levinson ha ido de capa caída, excepto honradas excepciones como ese telefilme que, bajo el título de No Conoces a Jack, narraba los pormenores de la vida del Jack Kevorkian, uno de los principales defensores de la eutanasia y al que se le conoció bajo el apodo de Doctor Muerte, personaje que, en su día, fue interpretado de forma modélica por un Al Pacino en plena forma. Ahora Levinson, para su nuevo film, La Sombra del Actor, se apunta al “cine de autor”, echa mano de nuevo de Pacino y nos castiga con un soberano y pretencioso melodrama con gotitas (contadísimas) de humor negro.

La Sombra del Actor (patética traducción española de The Humbling, o sea, La Humillación) está basada en una novela de Philip Roth en la que se narra el descenso a los infiernos de Simon Axler, un actor de fama internacional que, al ver como su don para la interpretación se le está empezando a escapar de las manos, cae en una profunda depresión y, tras un intento de suicidio durante la representación de una obra teatral, decidirá dejar la escena para siempre, no sin antes someterse a tratamiento psiquiátrico.


El realizador de Rain Man se acerca a la trama desde un punto de vista un tanto esotérico. Se aproxima a su personaje principal mezclando la realidad de su vida cotidiana con las ensoñaciones y alucinadas de un hombre que, a pasos agigantados, parece estar perdiendo la memoria. Pero ello lo hace de forma perezosa, sin ángel, aburriendo más que enganchando al espectador y contando, para ello, con un Al Pacino desmesurado que, para dar vida a ese actor desesperado, recurre a una colección de tics de lo más patético y pasado de vueltas; son tantas las ganas que el protagonista de Serpico tiene de epatar y de traspasar límites, que el personaje de Simon Axler se le desmorona en cada uno de sus incontrolados aspavientos.


En nada ayuda la elección de la sosísima Greta Gerwig (a la que hace poco pudimos verla en la también insoportable Frances Ha) para dar vida a Pegeen, una joven lesbiana que desde muy temprana edad se sintió fascinada por el actor y que ahora, durante el retiro de éste, se muestra decidida a iniciar una relación sentimental y sexual con él; una relación a la que se opone taxativamente la madre de ella, una actriz que en el pasado actuó al lado de Axler y que, de pasada, sirve para que la actriz que la encarna, Dianne Wiest, contagiada por la sobreactuación de Al Pacino, dé rienda suelta a su histrionismo.


La Sombra del Actor o, en resumidas cuentas, el día en que Barry Levinson decidió disfrazarse de autor y Al Pacino nos quiso demostrar, de la peor manera posible, que aún sigue siendo uno de los mejores actores vivos de la historia del cine. A la vejez, viruelas.

30.4.15

El buenismo del zahorí


El Maestro del Agua significa el debut tras las cámaras de Russell Crowe quien, al mismo tiempo, carga con el papel principal de la película, el de un zahorí australiano que, cuatro años después de la masacre de Gallipoli durante la primera guerra mundial y azuzado tras el reciente suicidio de su esposa, decide viajar hasta Turquía para intentar recuperar los cuerpos de sus tres hijos que, en su día, partieron hacia el campo de batalla.


La ópera prima de Crowe está cargada de buenísimas intenciones. De hecho, la cinta apuesta más por el humanismo y el “buenismo” que por la épica que podría desprenderse de su historia. Pero su fuerza termina ahí: en sus buenas intenciones. Ni el ritmo es el apropiado (pues resulta tremendamente aburrida) ni las situaciones que describe son del todo creíbles, tal y como sucede con la forzada y pésimamente explicada relación que surge entre ese padre de familia desesperado por encontrar a sus hijos y la guapísima dueña del hotelito turco en donde se aloja.


Es innegable que El Maestro del Agua tiene un inicio cautivador, interesante y bien filmado. Después, a medida que va entrando en materia, empiezan a aparecer grandes vacíos de guión y, lo que es peor y a pesar de estar basada en un caso verídico, hace bastante indigerible la concomitancia (bastante alucinada) que se establece entre el padre obstinado y el militar turco que estuvo al mando del ejército el día de la matanza, algo similar a lo que ocurría entre el ex militar británico que interpretaba Colin Firth en la infumable Un Largo Viaje con el soldado japonés que le había torturado durante su captura.


Dejando a un lado las múltiples deficiencias técnicas que denota su filmación, así como las cantarinas cromas que utiliza en muchos momentos de su proyección, Russell Crowe cae en la malsana tentación de, con su personaje, acaparar la mayor parte del protagonismo de la cinta ya que, a duras penas, no hay una sola escena en la que no salga él devorando planos a tutiplén, un defecto en el que caen muchos de los actores cuando deciden ponerse por primera vez a ambos lados de la cámara. 

Una película bienintencionada aunque preocupantemente cansina, cuya mejor baza la juega con la presencia (¡siempre de agradecer!) de Olga Kurylenko, una bellísima fémina que, en los últimos tiempos, se la están rifando varios de los directores actuales. Lo que haga, da igual; la cuestión es que, con su rostro y su cuerpo, siempre da esplendor a un producto.